Harta de los abusos, le cortó el cuello. LAVOZDECATARATAS.COM

Harta de los abusos, le cortó el cuello

Lejos de esa romántica pasividad con la que pintaron siempre a los guaraníes, quedó registrado en la historia que sus mujeres, cansadas de los abusos de sus “machos” conquistadores europeos, comenzaron una feroz revuelta. Entre ellas Juliana, una guaraní, que harta de los abusos de su “amo”, lo degolló un jueves santo.

Copyright © Lic. Hugo Lopez (Todos los derechos reservados) - Publicado el 04/05/2015
image Por mucho tiempo, en nuestro país, y especialmente en nuestra Misiones, la historia oficial nos decía que mientras en el Caribe llegaban unos hombres con grandes barcos y largos atuendos, acá no ocurría nada ni había nadie, menos mujeres.

También nos contaban que mientras otros hombres de la misma refinada Europa, un tiempo después llegaban a nuestro territorio y pasaban cerca, yendo a Asunción, acá todavía no había pasado nada ni habitaba nadie, ni había nada para contar. Éramos un pedazo de monte con indios; nada más.

Pero acá sí había mucho. Tanto que quizás a los que escribían la historia oficial les daba vergüenza contar. Afortunadamente, la vida nos da la oportunidad de conocer qué sucedió en realidad, gracias a quienes, como el historiador Felipe Pigna, reivindican a los que fueron ignorados por la historia de los que ganan, o por los nunca ausentes: chupamedias de quienes “ganan”.

Así aparece Juliana, una aborigen guaraní que vivió en los años cuando Pedro de Mendoza, un noble español muy ligado al arzobispo de Toledo, envió a un grupo liderado por Juan Ayolas a buscar la “Sierra de Plata” subiendo por el Paraná. Éstos, según nos alumbra Pigna en su libro Mujeres Tenían que Ser, al llegar a la confluencia con el Río Paraguay hacen una alianza con los payaguaes, quienes buscaban ayuda contra sus adversarios.

Esta alianza se selló con la “entrega de mujeres”, conforme a la costumbre guaraní, y a pesar que fue condenada por muchos cronistas de la época como una costumbre “bárbara”, era exactamente igual a lo que hacían los reyes europeos, entregando a las princesas a extraños príncipes para realizar una “alianza de sangre para asegurar los acuerdos”, que dicho sea de paso estaba totalmente bendecido por la santa iglesia y aceptado por los que demonizaban a los indios.

Esto llevó a que los tan célebres europeos, sin comprender el significado del sello de confianza aborigen, empezaran a apropiarse literalmente y sin control de mujeres guaraníes. Según las crónicas del cura Martín González “querer contar e enumerar las indias que al presente cada uno tiene, es imposible, pero paréceme que hay cristianos que tienen a ochenta e a cien indias, entre las cuales no puede ser sin que haya madres, hijas, hermanas…”

Francisco de Andrada en 1545, según otro registro mencionado por Pigna, “confirma la inutilidad y la vagancia de los valerosos conquistadores, quien justificaba el sometimiento de las mujeres guaraníes porque de lo contrario hubiesen tenido que trabajar ellos”.

Decía: “hallamos, señor, en estas tierras, una maldita costumbre: que las mujeres son las que siembran y cojen bastimento, y como quiera que no podíamos sostener por la pobreza de la tierra, fue forzado cada cristiano a tomar indias de esta tierra, contentando a sus parientes con rescates, para que les diesen de comer”.

Esta apropiación y abuso llegó a tal punto que quedan muchos registros de quienes intercambiaban las indias por mercadería, como Domingo de Irala, quien vendió a Tristán de Vallartas una india cario por una capa e un sayo de terciopelo…” y otros que cuando algún juez eclesiástico iba a cobrar las penas… “las pagaban con indias”.

Así sucedió que cuando los guaraníes notaron que los españoles no vinieron para hacer alianzas con ellos, sino a someterlos y esclavizarlos, empezaron a rebelarse. Cuentan los registros, que algunas aborígenes intentaron escaparse a los montes, y fueron perseguidas, traídas de vuelta, y apresadas con cepos en los pies. Otras comían tierra, ceniza, carbón y otras cosas para suicidarse, y por esto los españoles las encerraban en cestos que colgaban de los techos para que no pudieran alcanzar la tierra.

Allí colgadas, eran obligadas a trabajar y dormir; y era tal el maltrato que los españoles mataban casi por entretenimiento a los hombres guaraníes sospechados de haber tenido alguna relación con las mujeres esclavas, inclusive públicamente sin remordimientos y encubiertos por todos, pues eran cómplices en la maldad.

Cansada de estos abusos, Juliana, quien era “pertenencia” de Nuño Cabrera junto a sus hermanas, un jueves santo de 1539, decidió degollar a su excelentísimo amo español e inició una gran rebelión. El ejemplo, según el historiador mencionado, se esparció peligrosamente y los españoles empezaron a temer a las aborígenes.

Al llegar nuestro conocido Álvar Núñez Cabeza de Vaca en 1541, se entera de lo sucedido con Cabrera, y dio cierto consuelo a sus compatriotas ordenando torturar y ahorcar a la brava Juliana y a sus compañeras; luego para lograr cierta justicia a sus ojos decretó “que nadie tenga en su casa a dos hermanas o madre e hija ni primas ni hermanas”, y por eso sufrió una revuelta por parte de los ofendidos españoles y lo enviaron preso de nuevo a España.

De esta manera quedó registrada Juliana, escondida por los ganadores, y por los hasta hoy admiradores de los grandiosos europeos, que seguramente encontrarán la manera de justificar a los conquistadores y condenar a los conquistados, especialmente si entre éstos hay mujeres que les hicieron frente.


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