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La salud publica, no es gratuita.

Ante cualquier evento de salud, no solamente ante la presencia de afecciones o enfermedades, sino también para efectuar controles médicos periódicos, adquisición de medicamentos, prótesis etc, acudimos a un centro de salud. Si fuera este, un hospital publico, el mismo no tendría ningún arancel para la atención solicitada. Pero quien termina pagando la atención recibida? Cual es el costo de la salud en Argentina?

·Salud - Publicado el 18/05/2017
image Iguazú (LAVOZ) Los sistemas sanitarios nacionales y provinciales tienen como objetivo la cobertura universal y gratuita de la salud, garantizando la accesibilidad y una prestación equitativa y de calidad. Pero como contraparte, promueve a veces el uso excesivo de recursos que no siempre significa más calidad y eficiencia ni mejores resultados para la salud de la población. Los gerenciadores del sistema sanitario a veces se enfrentan a decisiones en salud que no obedecen a un verdadero sentido de la equidad y equilibrio entre la necesidad, la demanda y los recursos limitados, sino al vínculo con la política y a la necesidad de responder a exigencias y reivindicaciones sociales.

En el sistema de salud argentino conviven, se ensamblan y hasta se superponen tres subsistemas: el público (nacional, provincial y hasta municipal), que representa un 2,7% del PBI; el de la Seguridad Social, que significa un 3,6% del Producto (obras sociales sindicales y PAMI) y el netamente privado (empresas de medicina prepaga, clínicas) con una participación del 3,3% del PBI. Además, los tres subsistemas están cruzados por una gran complejidad de financiadores y prestadores de servicios.

En la Argentina, según datos del Banco Mundial, se destinan anualmente más de 650 dólares por habitante para la atención de la salud; la cifra es una de las más altas de América Latina y llega a triplicar la de países con un grado de desarrollo económico similar.

El gasto en salud en Argentina oscila en 120 mil millones de pesos anuales, equivalente a casi el 10% del PBI, pero mas de 15 millones de habitantes (43-45% de la población) carecen de cualquier cobertura y, cuando se desglosa la inversión directa del estado en el sistema de salud, el porcentaje se reduce al 2,5 por ciento del PBI.

La pregunta que subsiste desde hace tiempo en Argentina es si se gasta mucho en salud o existe un equilibrio entre la inversión y los resultados. Se trata de un debate irresuelto, pues los economistas tienen diferentes parámetros para medir el costo de la salud en la Argentina. En la mayoría de los casos confronta una mirada economicista con la opinión de los sanitaristas, más proclives a medir los resultados que los costos.

El economista Keneth Arrow, Premio Nobel de Economía 1972, advirtió que “en salud, la sola aplicación de las fuerzas de mercado hace a los enfermos y los grupos desfavorecidos, aún más enfermos y vulnerables” y que “en salud es muy difícil distinguir entre bienes públicos y privados”.

Cualquiera de las dos miradas implica aceptar que en Argentina existe un debate irresuelto sobre la eficacia del gasto en salud y sobre el modelo que debería adoptar el país, en un contexto en que el paciente/afiliado/asociado suele expresar inconformismo con las prestaciones, ya sean públicas, privadas o a través del sistema de obras sociales.

Hace pocos días, el presidente Mauricio Macri lanzo una cobertura de salud para aquellos que no tienen un seguro de salud (obra social), según el gobierno es para 15 millones de personas sin obra social y que hoy van al hospital público. Se hizo en el marco de un millonario reintegro a los gremios por $ 29.000 millones. De este monto de pesos acumulados en el FSR (Fondo Solidario de Redistribución), las obras sociales recibirán 2.704 millones en efectivo; 4.500 millones serán destinados a crear un fondo para epidemias, campañas de prevención y reparar centros de salud; 14 mil millones serán colocados en bonos del tesoro; y los ocho mil millones restantes irán a los hospitales, como ya había anunciado el ejecutivo.

Argentina se ubicaba en el lugar 75 del ranking mundial por su inversión en salud con un índice de eficiencia del 72,2 por ciento, según un estudio realizado por la OMS hace algunos años. Cuba se encontraba en el puesto 39 con 83 por ciento de eficiencia. Entre los países europeos, Alemania alcanzaba un nivel de eficiencia del 90,2 por ciento y Francia, al tope del ranking, registraba una eficiencia de 99,4 por ciento, con relación al gasto realizado.

Nuestro sistema de salud es bueno en relación a otros países. Hace algún tiempo, estamos acostumbrados a que en Argentina las personas cuenten con cobertura. No siempre es de calidad pero sí, de alguna forma, los habitantes tienen parte de sus necesidades cubiertas. En Paraguay, por ejemplo, una mujer a punto de dar a luz debe abonar casi todo. Lo mismo se replica en algunos lugares de India, China e, incluso, en Estados Unidos.

Para lograr la cobertura universal, las autoridades de cada país deben tomar decisiones en tres dimensiones. Uno se refiere a definir los destinatarios (es decir, a todos los grupos sociales que se incluyen: embarazadas, niños, ancianos, etc.); luego, un segundo punto se vincula al modo en que se materializa la cobertura (esto es, a través de vacunas, remedios, etc.); y por último, es necesario planificar a qué costo se garantiza el acceso universal. El mundo comenzó a trabajar en estas tres líneas que implican un proceso de toma de decisiones más planificado que supere la política de micro-decisiones que perdura en la actualidad. Uno muy importante se vincula con la costo-efectividad de las intervenciones (establece la relación entre el costo que le representa al sistema de salud y qué beneficios implica para las personas). Eso, por ejemplo, se vincula con determinar el precio de los medicamentos, inclusive. Un segundo criterio se relaciona con priorizar la cobertura de personas que están en peores condiciones de acceso, es decir, a aquellos grupos sociales más vulnerables. En definitiva, no está bien ampliar la cobertura a un nivel más alto cuando hay individuos que no tienen satisfechas las necesidades de salud más básicas.

Por ejemplo, en Argentina una persona que nunca tuvo cobertura ni trabajo, y de repente necesita un trasplante cardíaco tiene la posibilidad de acceder. Es cierto, con todas las trabas burocráticas del caso, pero nadie le niega esa oportunidad. El país es muy generoso en ese sentido. Pero, ¿qué ocurre con las 50 mil personas con colesterol alto de las que nadie se ocupa? Recién nos preocupa una situación cuando es extrema. Es implícito en la medida en que nadie dice nada, y se construye cierta apariencia que indica que todos tienen derecho a todo. Pero en verdad no es tan así: hay individuos que esperan tres meses en cama por un reemplazo de cadera. El sistema es muy ineficiente: termina por gastar 50 mil dólares en un cáncer metastásico por no haber realizado una mamografía de control cinco años antes.
El desarrollo de tecnologías sanitarias en las últimas décadas ha traído aparejado una mejora en la salud de la población, disminuyendo la morbimortalidad de los recién nacidos, pero provocando un serio problema: los costos. Frecuentemente estos limitan la capacidad de fortalecer la infraestructura y los recursos humanos. El gasto en salud tiende a crecer en el mundo desarrollado y en vías de desarrollo por el aumento de la demanda y el aumento del costo de las tecnologías sanitarias que se incorporan a los servicios médicos.

La economía como disciplina es un auxiliar necesario para asignar los recursos financieros a la atención médica, sin olvidar la calidad de la prestación. Las decisiones en salud deben ser tomadas interdisciplinariamente; lo correcto es complementar el conocimiento económico y la medición de los resultados. Ignorar criterios de costos para decidir tratamiento e intervenciones, puede tener consecuencias desastrosas para el presupuesto de una institución pública y para la rentabilidad de una empresa privada.

En la Argentina hay un escaso desarrollo del primer nivel de atención; el paciente ingresa al sistema directamente al segundo nivel, donde al menos se asegura de ciertas respuestas a su problema de salud. La mayoría de los hospitales públicos de nuestro país poseen un aparato burocrático y normas administrativas rígidas, que sumados a la ausencia de mecanismos de coordinación provocan el uso inadecuado de los recursos y gestión ineficiente de los RRHH. Para ir subsanando esta situación, sería necesario avanzar en un proceso de integración de los servicios del sector público para evitar la superposición y el gasto improductivo, y en una segunda etapa incorporar al sector privado en este proceso para garantizar una red de atención que disminuya los costos y el impacto de la crisis financiera en el sector salud.

Los costos en salud son los gastos ligados a la producción del servicio, entre ellos el pago de mano de obra e insumos. Pero los costos a considerar en un análisis económico, no siempre son tangibles. El dolor y el sufrimiento, la pérdida de productividad laboral como resultado indirecto de la enfermedad son costos difíciles de medir.
La salud pública no es gratuita, todos aportamos a los cofres del estado mediante el pago de impuestos.

Por: Marx Javier
Magíster en Salud Pública y Enfermedades Transmisibles
Bioquímico del Hospital Publico SAMIC de Puerto Iguazú


 

1 Comentarios

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  • 1
    image
    Vecino 19/05/2017 - 08:37:02

    Para algunos la salud pública es gratuita en Argentina. Solo basta con nacer y residir en otro país.

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