La siniestra fascinación que siente cierta “izquierda” por Putin

El presidente ruso desprecia la democracia, la alternancia en el poder, la disidencia y los derechos de las minorías sexuales. ¿Por qué algunos dirigentes progresistas evitan condenarlo?

Por Ernesto Tenembaum

A principios de febrero, de regreso de su visita a Vladimir Putin, la comitiva argentina que encabezaba Alberto Fernández hizo una breve parada en Madrid. Esas horas fueron aprovechadas por Axel Kicillof, el gobernador más importante de la Argentina, para encontrarse con Iñigo Errejón, uno de los dirigentes más influyentes de la izquierda española. Es muy interesante comparar lo que ocurrió con ambos amigos, a uno y otro lado del Atlántico, luego de la invasión rusa al territorio ucraniano.

En la sesión del Parlamento español del 2 de marzo, Errejón se dirigió primero al ultraderechista Santiago Abascal, líder de Vox. “Ni con todas las exageraciones ni con todos los aspavientos le van a poder hacer olvidar a los ciudadanos españoles que el señor Putin es de los suyos. El señor Putin es de la internacional del odio, de los Bolsonaro, de los Trump y de los Le Pen, que ayer mismo se comía un millón de panfletos porque tenía fotos con Putin. El señor Putin es de los suyos”. Y luego agregó: “Comienzo esta intervención manifestando nuestra condena más rotunda de la invasión rusa a Ucrania y nuestra plena solidaridad con las víctimas. Las guerras siempre las deciden los poderosos y siempre las sangran las personas humildes, siempre las sangran los pueblos. Por eso, vaya también por delante nuestra solidaridad con los casi 6.000 ciudadanos rusos arrestados por protestar contra la invasión, por protestar contra la guerra”.

Un día antes, Kicillof, que en la política argentina significa más que Errejón en la española, pronunció un extenso discurso de apertura de las sesiones ordinarias en la provincia de Buenos Aires. En ese contexto pidió un minuto de silencio por “la guerra en Europa”. Palabras que el gobernador omitió mencionar y que fluían naturalmente en el discurso de su amigo español: “invasión”, “Rusia”, “víctimas”, “detenidos”, “internacional del odio”, “condena”, “solidaridad”.

06/05/2021 El líder de Más País, Íñigo Errejón06/05/2021 El líder de Más País, Íñigo Errejón

En realidad, el discurso de Errejón, un hombre muy reconocido por la izquierda latinoamericana -al punto que días atrás se lo pudo ver a Gabriel Boric con su último libro bajo el brazo- sirve como punto de referencia. ¿Qué dirigente del así llamado “campo progresista” argentino pronunció un discurso tan claro? ¿Qué intelectual se atrevió a escribir esas cosas, que son bastante obvias para cualquier persona que tenga sensibilidad ante una masacre? ¿Qué dirigente de derechos humanos se horrorizó ante el espanto?

La izquierda latinoamericana se ha expresado con diferentes matices en estos días. Como ya ha ocurrido frente a las violaciones a los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua, el presidente electo chileno, Gabriel Boric, no dudó. Desde el primer día: “Rusia ha optado por la guerra como medio para resolver conflictos. Desde Chile, condenamos la invasión a Ucrania, la violación de su soberanía y el uso ilegítimo de la fuerza. Nuestra solidaridad estará con las víctimas y nuestros humildes esfuerzos con la paz”.

Luiz Ignacio “Lula” Da Silva condenó la guerra rápidamente. Durante una visita a México, contó que en 2002 George Bush le pidió que su país se involucrara en la guerra contra Irak. “Yo le dije que Brasil no tenía nada contra Sadam Husein y por lo tanto la guerra que quería hacer era la guerra contra el hambre, por lo tanto no iba a participar en una guerra contra Irak”, comentó. Luego agregó que, si Vladimir Putin le hubiera preguntado si debía invadir Ucrania, le hubiera dicho que no: “Gaste un día, una semana, un mes, un año más en la mesa de negociaciones”. Era una posición coherente de las que no abundan en el mundo: ni Estados Unidos debe invadir Irak, ni Rusia debe invadir Ucrania, la guerra debe ser contra el hambre. Así de sencillo.

Esas posiciones contrastan con otras. Evo Morales, por ejemplo, repudió que la FIFA excluyera del mundial a la selección rusa. “La pelota no se mancha”, escribió, en un tuit en el que denunciaba a la medida como “imperialista”. Sin embargo, no condenó la invasión. Su actitud refleja toda una escala de valores: la sanción a un equipo de fútbol lo sensibiliza más que miles de asesinatos y millones de exiliados. Morales sabe, por su experiencia reciente, lo que significa ser perseguido. Pero simpatiza con Putin y nunca se solidarizó con las víctimas de Nicolás Maduro o con las de Daniel Ortega.

En este sentido, el líder de la izquierda boliviana está, una vez más, en una posición cercana a la de Cuba, Nicaragua y Venezuela, los tres países que respaldaron la invasión a Ucrania como una supuesta reacción contra el antiimperialismo. En realidad, Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Miguel Diaz Canel -el heredero político de los hermanos Castro- hace varios años que son incondicionales de la Federación Rusa. Ya en 2008, Rusia invadió Georgia y reconoció como “independientes” a dos regiones de ese país. Cuba, Nicaragua y Venezuela se apresuraron a acompañar ese reconocimiento.

Nicolás Maduro y Vladimir Putin en MoscúNicolás Maduro y Vladimir Putin en Moscú

La fraternidad entre Putin, Maduro, Ortega y el castrismo merece un pequeño análisis. En el caso de Cuba, tal vez influya la herencia de las históricas relaciones con la Unión Soviética. Los tres países comparten con Rusia una relación muy conflictiva con los Estados Unidos. Pero, además, sus regímenes políticos no son muy diferentes entre sí. En Rusia, como en Cuba, Nicaragua o Venezuela, no hay alternancia en el poder, es muy arriesgado ser opositor o conducir medios críticos, las detenciones arbitrarias, el exilio, o incluso la tortura y el asesinato contra disidentes, son parte del menú de herramientas con las que se ejerce el poder.

En ese contexto, el Gobierno argentino, luego de un recorrido contradictorio, fue categórico al repudiar la invasión. En cambio, su vicepresidenta, Cristina Kirchner, difundió un comunicado críptico donde las palabras obvias no fluían: víctimas, condena, invasión, Putin, internacional del odio, Rusia, Ucrania, solidaridad. Está claro que el gobierno condenó la invasión. Pero, ¿y el cristinismo? Sus enemigos los acusan de respaldar a Putin. ¿Dónde están los elementos que ayudarían a desmentir esa acusación?

Los mecanismos para defender a Putin se perciben en múltiples giros. El más llamativo es la caracterización como “nazis” o “neonazis” a los ucranianos. Tamaña canallada: calificar como nazis a familias bombardeadas que no le hicieron el mal a nadie. En el agitado conflicto social por el destino de Ucrania, efectivamente existen grupos que se reivindican antirusos y pronazis, y algunos de sus integrantes han sido incorporados al Estado ucraniano, sobre todo en áreas de seguridad. Pero el eje del conflicto se desata cuando los ucranianos manifiestan su voluntad de acercarse a la Unión Europea. ¿Qué tendría que ver eso con el nazismo? El presidente ucraniano, Volodimir Zerensky, por otra parte, es judío.

En casi todos los países europeos hay partidos de ultraderecha que obtienen más -o mucho más- del diez por ciento de los votos. La mayoría de sus líderes son racistas, homofóbicos y muy amigos de Putin. El más amigo entre los amigos de Putin es Viktor Orban, el líder homofóbico húngaro, que es mencionado siempre como un ejemplo por Jair Bolsonaro.

Otro de los giros consiste en dar por hecho la existencia de un genocidio en la zona oriental de Ucrania, en explicar la invasión como consecuencia lineal del avance de la OTAN hacia el Este, o en calificar como un golpe de Estado la caída del último gobierno proruso de Ucrania en 2014. Son todos recursos propagandísticos muy vulgares para justificar una matanza. Las violaciones a los derechos humanos en el Este de Ucrania por parte de los separatistas pro rusos -y también por los militares ucranianos- están muy documentadas. Pese a los avances de la OTAN, Rusia nunca fue agredida desde la Segunda Guerra Mundial por nadie. En cambio, participó de guerras o invasiones en Crimea, Georgia, Siria, Chechenia y Ucrania. En 2014 no hubo un golpe en Ucrania sino una rebelión popular conmovedora, que fue reprimida brutalmente.

Es cierto, como se argumenta, que muchos países y medios de comunicación, han respaldado las invasiones norteamericanas a Irak o Afganistán. Pero, ¿por qué a esa hipocresía habría que contestarle con una reacción en espejo ante el horror de estos días? ¿Por qué, en todo caso, no expresarse como la izquierda roja argentina, que repudia a Putin y a la OTAN al mismo tiempo? ¿Cuál es la razón que explica el silencio o, peor, la complicidad con la matanza?

Se trata del último capítulo de una larga historia. Desde que en los años 50 del siglo pasado se conocieron los crímenes del estalinismo, hubo un sector muy importante de la izquierda mundial que se distanció, horrorizado, de la experiencia soviética. Pero otro la apoyó, y la reivindica hasta el día de hoy, a pesar de los millones de perseguidos y asesinados por un sistema tan bien descrito en 1984, la estremecedora novela de George Orwell.

Ese debate -entre una izquierda democrática y liberal, y otra que se emociona ante el derramamiento de sangre y la instalación de dictaduras- se continuó ante otros fenómenos como la guerrilla de los años setenta, o las violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Una mujer de izquierda, Michelle Bachelet, las denunciaba en completa soledad. Muchos otros callaron durante años y callan hasta el día de hoy.

El respaldo a Vladimir Putin agrega una complejidad más a este patrón. Porque, a diferencia de Ortega o Maduro o Stalin, Putin no presume de querer establecer un gobierno socialista, sino todo lo contrario. “Nuestro principal aliado en Latinoamérica es Brasil”, dijo hace unas semanas, luego de recibir a Bolsonaro.

Putin no engaña a nadie. Desprecia la democracia, la alternancia en el poder, la vida humana, la disidencia, los derechos de las minorías sexuales, el feminismo: esa exótica entronización de las libertades individuales que ha caracterizado a las democracias de occidente. Por eso es amigo de Bolsonaro.

Tal vez, finalmente, no sean tan distintos a ellos.

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