Hacía collares con hojas de mandioca, se pintaba las uñas con flores y los labios con moras; caminaba a la escuela con zapatos de plástico y, cuando llovía, se cubría con un mantel porque en casa no había paraguas. Trabajó desde los 14 años, soportó burlas, injusticias y hasta escuchó que “los negros no salían en la tele”. Pero nunca dejó de estudiar, trabajar, imaginar y creer. Hoy, en el Día del Niño, quiero hablarle a esa niña que fui, agradecerle por no haberse rendido y decirle algo que tardó muchos años en llegar: quedate tranquila, ahora te cuido yo.






