Buscar intensidad en vez de velocidad: ¿es posible bajar un cambio sin dejar de ser productivos?

Siete de cada diez personas reconocen que viven apuradas y tres de cada cuatro sienten que llevan una vida más acelerada que la que tuvieron sus padres

Marzo ocupa el casillero “Inicio” del año: para los que tienen niños, el engranaje familiar se pone en marcha con la rutina escolar y su absurdo horario de comienzo matutino. Para los que trabajan presencialmente, reaparece el desgaste de las idas y vueltas contrarreloj y las jornadas laborales extenuantes, asumiendo el peso de las postergaciones que heredamos del año anterior. Arrancamos, casi siempre, con el entusiasmo típico de los comienzos. Pero a la vez renovamos la apuesta a una idea que a muchos nos revolotea por la cabeza: intentar bajar un cambio y apuntar a una forma de productividad inteligente que nos permita disfrutar más.

Confieso que soy súper acelerado. Camino por la calle esquivando al que va adelante y me produce mucho fastidio cuando alguien me impide avanzar. En la autopista voy por el carril izquierdo, y en mi casa suelo ser el que termina de comer primero. Y reconozco que, como el resto de los acelerados, sigo haciendo estas cosas aún cuando sé que me hacen mal.

Yo no uso el celular durante el manejo. Pero los 50 segundos del semáforo eran una ocasión perfecta para responder o enviar un mensaje, o espiar qué nos estamos perdiendo en las redes sociales. Y no soy solo yo: si no me tenían que tocar la bocina para avisarme que la luz ya estaba verde, tenía que despabilar yo al conductor del auto de adelante. Con la nueva disposición vigente en Buenos Aires que prohíbe el uso de dispositivos incluso en los momentos con el vehículo detenido, me doy cuenta lo que me cuesta dejar pasar esa oportunidad de producir, y simplemente respirar hondo y mirar por la ventanilla.

Son estas pequeñas cuestiones cotidianas -que le imprimen a nuestra rutina la banda de sonido del tic tac de una cuenta regresiva- las que nos dan la pauta concreta de qué tan acelerados vivimos. Caminar tranquilo, escuchar al otro o conectar con el entorno durante un viaje en auto o una caminata no implican una pérdida real de tiempo. Nuestra percepción -también adulterada por el acelere constante- nos hace caer en la “trampa de la productividad”: sentimos que estamos despilfarrando minutos y que nuestra productividad está en picada, pero nada de eso sucede.

Viviendo en el carril rápido:  Mi acelere no es original, sé que es un mal de muchos. En una investigación que realicé para mi columna de radio, siete de cada diez personas reconoció que vive apurada y tres de cada cuatro siente que lleva una vida más acelerada que la que tuvieron sus padres. De los seis hábitos de acelere que analicé (cómo comemos, manejamos o dialogamos, entre otros), 99% de las personas reconoció tener al menos uno de estas conductas vertiginosas, y más de la mitad de las personas confesó tener al menos cuatro.

Es necesario intentar bajar un cambio y apuntar a una forma de productividad inteligente que nos permita disfrutar más (Shutterstock)Es necesario intentar bajar un cambio y apuntar a una forma de productividad inteligente que nos permita disfrutar más (Shutterstock)

Hoy todo lo hacemos más rápido y eso se nota también en nuestra vida en comunidad y nuestras costumbres. Por ejemplo, la velocidad promedio de caminata en las ciudades no ha dejado de crecer. Y nos informamos y procesamos contenidos mucho más rápido: cuando hace unos años comenzamos a organizar TEDxRíodelaPlata, el gran hallazgo del formato TED era que las charlas eran “muy cortas”: duraban apenas 18 minutos, frente al esquema típico de conferencias de una hora que imperaba hasta ese momento. Pasaron apenas 13 años y hoy ya nadie tolera ese tiempo abreviado; ahora típicamente duran 8 a 12 minutos y muchos (lo confieso) las escuchamos en x1,25. Y no sé si a ustedes también les pasa, pero cuando te acostumbrás a escuchar los audios de whatsapp en x1.5 o x2, la voz normal de las personas empieza a sonar como el discurso de alguien que padece una depresión profunda! 😀

Para muchas madres y padres, el momento de ayudar a dormir a nuestros hijos era ocasión para relajarnos y contarles un cuento. Hoy Estados Unidos se venden unos libros llamados “One minute stories”, para “liquidar el trámite” en apenas 60 segundos. En los museos, espacio de contemplación por excelencia, el tiempo promedio que las personas pasaban frente a cada obra solía ser de diez segundos; ahora son solo tres. ¿A dónde queremos llegar tan rápido? ¿Apurados para qué?

Vivir a 2x arruina la salud:  Numerosos estudios científicos muestran que este ritmo de vida tiene un costo enorme para la salud. El estrés crónico, que se produce cuando estamos constantemente en estado de alerta y tensión, puede tener efectos perjudiciales en el sistema cardiovascular, digestivo e inmunológico, así como en la salud mental. En la misma investigación encontré que tres de cada cuatro vivimos cargados de tensión.

Para entender este impacto nefasto en la salud tenemos que remitirnos, ni más ni menos, que a la evolución del cuerpo humano. En la prehistoria, si un hombre se cruzaba con un tigre estaba preparado hormonalmente para responder ante esa situación crítica: con un pico de adrenalina y cortisol nos preparábamos para pelear o huir. Hoy, esos mismos mecanismos biológicos se activan cuando uno queda atrapado en el tránsito o atascado en una fila. Pero es una reacción de estrés desmedida y fuera de lugar: encerrados en el auto, nuestro cuerpo nos demanda actuar, pero no hay a donde escapar, ni contra quién pelear. Esa acumulación permanente de cortisol y adrenalina va carcomiendo nuestra salud.

Contra la falacia de la productividad:  ¿Es posible para nosotros, los acelerados, bajar un cambio? Es una idea que nos cuesta porque solemos pensar que aflojar supone ser menos productivos, dar ventaja a quien corre más rápido. En el ímpetu por hacer más y mejor caemos en esquemas de mucha presión, vivimos tensos e intentamos hacer varias cosas a la vez. Tenemos que abandonar esa idea tan arraigada de que aceleración es sinónimo de productividad: cuando caemos en la tentación del multitasking nuestra capacidad decae, aumenta la tasa de error en las tareas y -tal vez lo más preocupante- suprime la posibilidad de que disfrutemos de lo que hacemos.

En  la mayoría de las áreas de la vida bajar un cambio no implica necesariamente resignar oportunidades o disminuir la productividadEn la mayoría de las áreas de la vida bajar un cambio no implica necesariamente resignar oportunidades o disminuir la productividad

Entonces, para poder bajar un cambio, primero es necesario terminar con una falacia: en la mayoría de las áreas de la vida bajar un cambio no implica necesariamente resignar oportunidades o disminuir la productividad.

Después, será necesario revisar algunas de nuestras costumbres. La siesta, que tiene fama de ser parte de la rutina de los holgazanes o una pérdida de tiempo, se impuso como rutina en muchas grandes empresas de Silicon Valley. En las oficinas, incorporaron “nap pods”, cabinas modernas con luz y música suave para descansar. Y esto no es parte de una política empresarial caprichosa, sus beneficios están estudiados. En agosto de 2021, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó los resultados de un estudio en el que midió el rendimiento de tres grupos de trabajadores: a unos se les indicó continuar con su tarea, a otros dispersarse y a otros dormir. El último grupo, el que disfrutó de una breve siesta, fue el que mejor rindió en la jornada laboral.

¿Qué podemos hacer?:  Sin ir al extremo de abogar por una vida completamente enyoguizada o por adoptar las costumbres de los monjes budistas, existe un cambio importante que podemos hacer: nuestra meta debería ser apostar a que nuestra vida cotidiana prime la intensidad por sobre la velocidad. ¿Por qué? Porque esa estrategia, además de ser realista, deja resto para circunstancias excepcionales y permite tener resto para “meter un pique” cuando realmente la velocidad es lo que marca la diferencia.

¿Cómo lograrlo? De a poco. Está probado que hacer al menos 20 minutos al día de actividades que nos relajen y reduzcan el estrés tiene efectos sumamente positivos. No propongo un cambio copernicano en nuestro día a día ni un renacer; la clave está en pequeñas acciones como hacer una clase de yoga, destinar un rato a una caminata, tomar una sesión de masajes o darle play a una lista de música relajante. Esas cosas simples pueden cambiar la impronta de toda nuestra jornada.

Durante la pandemia, muchos conocimos un ritmo de vida más tranquilo y nos propusimos mantener al menos algo de eso en el día después. Bueno, el día después de la pandemia ya llegó y el momento de cambiar es ahora. Si logramos hacer ese cambio nos vamos a sorprender porque yendo un poco más despacio la pasás mejor, pero también llegás más lejos.

Fuente Infobae

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