Tomasito González: El niño que cargaba un arpa más grande que él y terminó emocionando a Japón

En Iguazú hay nombres que no necesitan presentación. Hay personas que, sin quererlo, se vuelven parte del paisaje, de la memoria, del corazón de un pueblo. Tomás González, o Tomasito, como lo conoce todo Iguazú, es uno de ellos. Tiene 73 años, un arpa que lo acompaña desde la infancia, y una historia que parece escrita con esas casualidades milagrosas que solo le pasan a la gente destinada. Su historia es una prueba de que la grandeza no hace ruido, pero deja huellas para siempre.

Iguazú (LaVozDeCataratas-Kelly Ferreyra) Antes de tocar para reyes, antes de vivir en un palacio japonés, antes de viajar por países que ni imaginaba en su niñez, Tomasito fue un chico de la selva. Un chico sin mamá ni papá, criado por una abuela analfabeta, pero llena de esa sabiduría que no enseñan en ninguna escuela.

“Yo era guachito, pero feliz”, dice él, sin drama, sin tristeza, como quien recuerda un juego con LaVozdeCataratas. Vivía con su abuela cerca de Cataratas, iba a la escuela y comía naranjas que le regalaba don Remigio Ferreira, el portero. Un día, Remigio le mostró un arpa vieja que guardaba en su casa.
“¿Te gusta?”, le preguntó.
Y Tomasito, sin saber que la vida estaba por cambiarle el destino entero, dijo que sí.

Remigio le puso una condición: “Si pasás a segundo grado, el arpa es tuya. Si no, te la saco.”
Ese arpa, pesada, de cedro y pino, más alta que él, se convirtió en su motor. Estudió, se esforzó, pasó de grado. Y el arpa pasó a ser suya para siempre.

Aprendió solo: a tocar, a afinar, a encordar. No tenía quien le enseñara. No tenía dinero pero tenía ganas.
“Era  pobre y que algo tenía que aprender» dice riendo, con esa lucidez de los que ya vivieron todo.

Un día, la maestra habló con su abuela para que lo dejara seguir.
“Tal vez esto sea su medio de vida”, le dijo.
Y así fue: aquel chico flaco, humilde, que apenas sabía leer, descubrió que había nacido para una misión. No para la fama: para la música.

De Cataratas a los palacios del mundo

Con el arpa al hombro —siempre más grande que él, incluso hoy— Tomasito empezó a recorrer el mundo.
Y lo llevó a Japón, donde vivió en el Palacio Real. Lo llevó a España, donde tocó frente al rey Juan Carlos. Lo llevó a escenarios donde su música sonaba como un pedacito de selva misionera colándose por las ventanas.

Siempre hablaba de Iguazú. Siempre. “Mi Iguazú querido, no lo cambio por nada.” Mientras afuera hablaban de él, en su pueblo seguía siendo el mismo hombre sencillo, de camisa blanca, bigote tupido y un corazón enorme. Nunca contó mucho. Nunca presumió. (Todavía lo recuerdo detrás del mostrador en el restaurante de la terminal de ómnibus, donde a veces no nos alcanzaba para comer,  con mi amiga Moni, pero él siempre nos asistió,  y hasta nos daba una manzanita para llevar). El mundo lo conocía a él, y él prefería volver a la vereda de siempre.

El legado que vuelve a casa

Hoy, a sus 73, mira hacia atrás sin orgullo ni nostalgia amarga. Mira con gratitud. Se casó, tuvo tres hijos y ocho nietos, “la felicidad de mi vida”, dice, y nunca dejó de tocar. Nunca dejó de enseñar. Nunca dejó de querer que Iguazú luche por su identidad.

“Si no cuidamos nuestra cultura, somos un país sin alma. Nuestra música no tiene nada que envidiarle a nadie.”

Hace poco vivió uno de sus grandes sueños: un concierto que él mismo pensó que pasaría desapercibido… y que terminó emocionándolo hasta las lágrimas. La gente entendió lo que quiso mostrar. Lo que quiso dejar como legado. Porque su misión, como él mismo dice, ya casi está cumplida.
Ahora son sus hijos los que toman sus cuerdas, sus arreglos, su magia heredada.

Un artista que hizo historia sin hacer ruido

Tomasito González es de esos músicos que no necesitan prensa para ser gigantes. (Te lo digo yo, que despues de una vida me dio la nota).  De esos que tocan y algo adentro se ordena.
De esos hombres que viajaron por el mundo, pero que siempre supieron que su verdadero hogar estaba acá, donde todo empezó: en Iguazú, en la escuela, con una naranja en la mano y un arpa esperando que alguien se animara a decir “sí, me gusta”.