Patricio Zamora: el artista que pintó su vida con los colores de Iguazú

"Yo resucité en Iguazú". Esa frase resume la vida de Patricio Zamora, un artista que nunca dejó de creer en el poder de un pincel. Fue ilustrador de loterías, creador de los murales del antiguo aeropuerto y autor de las imágenes que identifican a Güirá Oga. Pero detrás del artista hay una historia de lucha, fe y perseverancia. En diálogo con LaVozDeCataratas, cuenta cómo convirtió una infancia de carencias en una vida dedicada a crear belleza.

Iguazú (LaVozDeCataratas)  La vida de Patricio Zamora puede contarse como uno de sus cuadros. Primero aparecen los bocetos, inseguros y silenciosos; después los colores, las luces, las sombras y, finalmente, la obra terminada. Una obra que no solo se cuelga en una pared, sino que queda grabada en la memoria de quienes la contemplan.

Su historia comenzó mucho antes de convertirse en uno de los artistas más reconocidos de  Iguazú. Nació en Córdoba y, desde muy pequeño, descubrió que su verdadera forma de hablar era el dibujo. A los cinco años ya llenaba hojas con lápices de colores, mientras sus maestros encontraban en aquellos trazos un talento imposible de ignorar. No era un alumno aplicado en los libros, pero sí en el lenguaje de las imágenes.

La necesidad económica hizo que dejara la escuela para comenzar a trabajar en una carpintería cuando apenas cursaba los últimos años de la primaria. Mientras otros niños jugaban, él aprendía un oficio, aunque nunca abandonó el impulso de dibujar.

Su tía no solo le dio su primer obsequio, una caja de lápices Conté; le regaló el primer «sí» de su vida como artista. En la tapa aparecían tres palmeras frente a unas cascadas, una imagen que el destino convertiría, años más tarde, en su propio paisaje cotidiano. Pero antes de esa revelación hubo otra: cuando dibujó una flor, ella lo miró con admiración y pronunció las primeras palabras de aliento que un niño necesita para creer en sí mismo. «¡Qué lindo hacés!», le dijo. Aquel elogio fue la primera pincelada de una historia que terminaría escribiéndose en Iguazú.

Ese talento innato encontró más tarde a su primer gran maestro: un dibujante publicitario. Durante un tiempo lo acompañó sin cobrar un solo peso, impulsado únicamente por las ganas de aprender y de observar cada movimiento de sus manos. A los 18 años pasó a trabajar junto a él y descubrió el rigor del oficio: el dibujo técnico, la anatomía humana, la composición y la disciplina que exige el arte profesional. Aquella experiencia no solo perfeccionó su técnica, sino que terminó de moldear al artista

Antes de llegar a Misiones, Zamora ya había construido una extensa carrera como ilustrador. Desde los 21 años realizó ilustraciones para billetes de lotería de distintas provincias argentinas, como San Luis, Chubut, Corrientes, Mendoza y Santiago del Estero. Además, trabajó durante años en publicidad, diseño de vidrieras comerciales, retratos por encargo e ilustraciones históricas, una experiencia que moldeó el estilo preciso y detallista que más tarde trasladaría a cada una de sus obras en Iguazú.

Las crisis económicas apagaron las vidrieras de Córdoba, pero encendieron un nuevo capítulo en la vida de Patricio Zamora. Cuando llegó a Iguazú, la selva hizo lo que ningún maestro había conseguido: cambió su manera de mirar el mundo y, con ella, su forma de pintar.

Los grises comenzaron a desaparecer lentamente de su paleta. Donde antes había sombras, empezaron a brotar heliconias, hojas inmensas, flores silvestres y la luz inconfundible de las Cataratas.

«Yo resucité en Iguazú», dice con la certeza de quien encontró un hogar mucho antes de encontrar una casa. La naturaleza no solo transformó sus cuadros.También sanó al artista.

«Antes pintaba mucho dolor. Hoy intento que todo lo que haga sea hermoso», confiesa.

A lo largo de su trayectoria, Patricio Zamora desarrolló trabajos artesanales que el turista lleba de recuerdo asi como obras que hoy forman parte del patrimonio visual de Iguazú. Fue el autor de los grandes murales del antiguo Aeropuerto Internacional, realizados poco después de radicarse en la ciudad, con el objetivo de dar identidad y calidez al ingreso de los visitantes.

También realizó obras para la Municipalidad de Iguazú, Cuadros de Cataratas, pinturas de temática religiosa y trabajos que integran colecciones privadas. Sin embargo, uno de sus aportes más reconocidos fue el realizado junto a Jorge Anfuso en Güirá Oga, donde creó gran parte de las ilustraciones de la fauna misionera que acompañan el recorrido del refugio. Su idea era que cada imagen transmitiera, de manera simple y directa, la esencia de cada especie, permitiendo que el visitante comprendiera y valorara la riqueza de la selva sin necesidad de largos textos explicativos.

La fe ocupa un lugar central en la vida y la obra de Patricio Zamora. A lo largo de los años pintó imágenes de San Francisco, San Pantaleón, el Cura Brochero y Jesús, aunque siempre eligió representarlos desde la esperanza y no desde el sufrimiento. Confiesa que con el tiempo dejó atrás las pinturas marcadas por el dolor para buscar transmitir paz, serenidad y belleza. «Mi misión no es pintar el dolor, sino la esperanza», sostiene el artista, convencido de que el arte también puede ser una forma de consuelo y un puente hacia la espiritualidad.

Después de toda una vida entre óleos, esmaltes sintéticos y pinceles gastados por el tiempo, Patricio Zamora sigue sintiendo el mismo respeto frente a una tela en blanco. Todavía existe ese instante de silencio antes del primer trazo, no porque dude de su talento, sino porque cada obra representa un nuevo desafío.

Durante la entrevista con La Voz de Cataratas, surgió una pregunta inevitable: ¿Qué le falta pintar?

Patricio sonrió unos segundos antes de responder. «Lo que me falta es lo que me pidan. Siempre fue el otro el que me trajo los desafíos. Hago una retrospectiva de mi vida y siempre hubo alguien que me dijo: ‘¿Por qué no hacés esto?’. Estoy esperando el próximo.»

Esa respuesta resume gran parte de su historia. Nunca salió a buscar reconocimiento; fueron las personas quienes encontraron en él al artista capaz de transformar una idea en una imagen. Así llegaron los murales del aeropuerto, las ilustraciones de Güirá Oga, los retratos, las obras religiosas y tantos trabajos que hoy forman parte de la identidad de Iguazú.

Mientras observa una de sus últimas pinturas, una heliconia iluminada por la luz de la selva, vuelve a parecer aquel niño que recibió una caja de lápices de colores y descubrió que el mundo podía dibujarse.

«Voy a pintar hasta el último día de mi vida», afirma.

Quizás, después de todo, la mayor obra de Patricio Zamora no sea un mural, un retrato o una pintura religiosa. Sea haber demostrado que el talento puede sobrevivir a la indiferencia, que un niño al que alguna vez le hicieron creer que su don no tenía importancia pudo encontrar, a través del arte, aquello que siempre buscó: un lugar donde ser visto, valorado y querido. Y mientras siga sosteniendo un pincel, seguirá haciendo lo que hizo toda su vida: convertir el dolor en belleza y la esperanza en color.