Caro Devecchi: la artista que descubrió en la pintura una forma de abrazar la memoria

Hay cuadros que comienzan a pintarse mucho antes de tocar un lienzo. La historia de Carolina Devecchi empezó entre lápices y dibujos de la infancia, atravesó décadas de estudio, trabajo y familia, hasta que un viaje despertó definitivamente a la artista que siempre había vivido en ella. Hoy sus cuadros recorren hogares, escuelas, iglesias y hasta el Santuario San Juan Pablo II de Iguazú, donde cada pincelada guarda un recuerdo, una promesa o un sueño.

Iguazú (LaVozDeCataratas) Hay personas que llegan al arte desde muy pequeñas y otras que, simplemente, tardan un poco más en encontrarse con él. En la historia de Carolina Devecchi, la pintura no irrumpió de golpe: esperó pacientemente hasta que la vida le hizo un lugar.

Aunque desde niña disfrutaba dibujar e incluso ganó un concurso escolar con un retrato de Juan Bautista Alberdi, los estudios, el trabajo y la familia hicieron que esa vocación quedara en pausa durante muchos años. Sin embargo, el deseo de pintar nunca desapareció. El punto de inflexión llegó durante un viaje a Casapueblo, en Uruguay, donde una simple frase de su esposo despertó aquello que llevaba tanto tiempo esperando. «Cuando volvamos, tenés que comenzar a pintar», le dijo. Ese momento fue el impulso que necesitaba para buscar un taller, tomar un pincel y comenzar un camino que, con el tiempo, la llevaría a descubrir que nunca había dejado de ser artista.

Cada taller fue una etapa de aprendizaje y cada profesora dejó una huella en su camino artístico. Ese recorrido la llevó hasta Luciana Zappa, quien le enseñó a descubrir la figura humana y el desafío de capturar una mirada. Años después, tras la muerte de su maestra, Carolina siente que cada pincelada también es una forma de mantenerla presente. «En cada cuadro hay un pedacito de ella», asegura.

Hoy, aunque los retratos son su sello, sus obras también cuentan historias: evocan viajes, paisajes, la fe, los sueños de su familia y las emociones que marcaron su vida. Para ella, un cuadro nunca está completamente terminado. «Los cuadros evolucionan conmigo. No es arrepentimiento; es como la vida misma. Van cambiando a medida que yo también cambio», reflexiona.

Para Carolina, el verdadero valor de una obra no está en venderla, sino en saber que pasa a formar parte de la historia de otra familia. Cada retrato, ya sea de una mascota, una pareja o hijos, encierra recuerdos y emociones que trascienden el lienzo. «Hay un pedacito mío que queda para siempre en esa casa», dice convencida de que, más que pintar rostros, inmortaliza momentos que acompañarán la vida de quienes los reciben.

Desde que llegó a Iguazú acompañando el traslado laboral de su esposo, Carolina encontró una nueva forma de compartir su arte con la comunidad. Algunas de sus obras ya forman parte del patrimonio espiritual y educativo de la ciudad. Entre ellas, un retrato de San Juan Pablo II que permanece en el santuario dedicado al pontífice y que acompaña a las religiosas cada vez que recorren los barrios llevando la reliquia del santo.«Nunca imaginé que un cuadro mío iba a recorrer las casas de tantas familias», confiesa.

También realizó pinturas para la capilla de Padre Pío y para instituciones educativas, convencida de que el arte también puede inspirar, enseñar y acercar a las personas. 

Para ella, el mayor desafío nunca fue aprender una técnica, sino vencer esa voz interior que suele decir que no se puede. Por eso anima a quienes sienten curiosidad por la pintura a dejar de lado el miedo y simplemente comenzar. «Cuando uno deja de escuchar esa voz que dice ‘no va a salir bien’ y se anima, empiezan a aparecer los colores, las luces y las sombras. Lo importante es dejar salir lo que uno lleva adentro«, asegura.

«Amar y servir». Esa es la frase que guía la vida de Carolina Devecchi y también la esencia de su obra. Quizás por eso sus cuadros no buscan ser perfectos ni definitivos. Como la memoria, cambian. Como los afectos, crecen. Como la vida, siguen transformándose. En cada pincelada quedan los viajes, la fe, la familia, los sueños y las personas que ama. Porque entendió que pintar no es inmortalizar un instante, sino permitir que los recuerdos sigan viviendo. Y mientras haya una emoción por contar, siempre habrá un lienzo dispuesto a recibir una nueva historia.