Iguazú (LaVozDeCataratas) Antes del asfalto, del aire acondicionado y de las unidades modernas, ser colectivero en Iguazú también significaba aprender a manejar entre el polvo, el barro y calles donde no siempre estaba garantizado llegar hasta el final del recorrido.
Este 24 de septiembre, en el Día del Colectivero, la historia de Rubén permite volver sobre una parte de la memoria de una ciudad que creció y se transformó también alrededor del transporte público.

Los registros de la Dirección Municipal de Patrimonio ubican en 1949 la llegada de los primeros colectivos a Iguazú. Entre aquellos vehículos aparece el recordado Flecha de Oro, cuando la ciudad tenía una fisonomía completamente diferente.
Cuatro décadas después, en 1989, Rubén se sentó por primera vez al volante de un colectivo de El Práctico.

“Éramos seis choferes nomás”
El transporte urbano de entonces estaba muy lejos de la estructura que tendría años después. “Éramos seis choferes nomás”, recordó Rubén en diálogo con LaVozDeCataratas.

Había recorridos hacia Iprodha y Villa Alta, con servicios aproximadamente cada media hora. Los turnos eran extensos: un conductor comenzaba a las 6 y trabajaba hasta las 14; otro continuaba desde las 14 hasta las 22, mientras un compañero se encargaba de cubrir los francos. Pero el horario era apenas una parte del trabajo. El verdadero desafío estaba muchas veces en el estado de las calles.
Polvo cuando había sol, barro cuando llovía
Villa Alta era prácticamente todo camino de tierra. En jornadas secas, manejar significaba convivir con una nube permanente de polvo. “Nos pasábamos la mano por la cara y era todo mugre, por el polvaredal que levantaba”, recordó.
Los colectivos no tenían aire acondicionado y las ventanillas permanecían abiertas. Pero cuando comenzaba a llover, el polvo desaparecía y llegaba un problema mucho mayor: el barro.
Rubén había crecido en Andresito y sabía manejar camiones en caminos difíciles. Esa experiencia terminó siendo fundamental en sectores donde existía el riesgo permanente de que las unidades quedaran empantanadas. Había lugares a los que algunos conductores preferían no ingresar. “Cuando a la mañana me tocaba a mí, la gente quedaba contenta porque sabía que iba a pasar”, contó.
Y no era una exageración. Cuando algún colectivo quedaba atrapado, en ocasiones era necesario recurrir a maquinaria de la Municipalidad para sacarlo, mientras los vecinos esperaban que pudiera restablecerse el servicio.
Rubén hizo durante aproximadamente cinco años el recorrido de Villa Alta. Con el crecimiento de Iguazú y la aparición de nuevos barrios, los trayectos comenzaron a modificarse y posteriormente pasó a trabajar hacia Santa Rosa, donde las calles de tierra y las lluvias volvieron a poner a prueba su experiencia.

Del barrio a las Cataratas
Mientras Iguazú crecía, también lo hacía el turismo. En 1993, El Práctico, hoy Río Uruguay, comenzó a prestar el servicio hacia Cataratas, y Rubén pasó a realizar también ese recorrido.
El volante que durante años lo había llevado por los barrios comenzó entonces a llevarlo hacia uno de los destinos naturales más visitados del país. Ya no transportaba solamente a vecinos que iban al trabajo, a estudiar o a realizar trámites: también llevaba turistas que llegaban a Iguazú para conocer las Cataratas.
Con el paso del tiempo, según recuerda, las unidades de El Práctico comenzaron a deteriorarse y la empresa atravesó años cada vez más difíciles.
Hasta que llegó otro cambio importante. En 2013, Río Uruguay tomó el lugar de El Práctico, cerrando una etapa que había acompañado durante décadas el crecimiento de la ciudad.
Para Rubén significó mucho más que un cambio de empresa. Desde aquel primer día de 1989 había visto crecer barrios, asfaltarse calles, modificarse recorridos y cambiar los colectivos, mientras Iguazú se transformaba a su alrededor.
Los hombres detrás de cada recorrido
Las fotografías conservadas por la Dirección Municipal de Patrimonio y las imágenes personales de antiguos trabajadores permiten reconstruir hoy diferentes momentos de esa historia: desde el Flecha de Oro de 1949 hasta El Práctico, los caminos de tierra y las posteriores transformaciones del transporte urbano. Pero detrás de las empresas y de cada colectivo siempre estuvieron sus choferes.

Durante generaciones fueron quienes encendieron los motores temprano, aprendieron dónde estaban los pozos, conocieron cada subida y cada bajada y siguieron adelante cuando la lluvia convertía una calle en barro.
El colectivo fue —y continúa siendo— mucho más que un vehículo. Para miles de vecinos significó poder llegar al trabajo, a la escuela, al centro, a los barrios o volver a casa.
En el Día del Colectivero, la historia de Rubén representa también la de tantos trabajadores que pasaron buena parte de sus vidas detrás de un volante, recorriendo una Iguazú que crecía al mismo tiempo que ellos acumulaban kilómetros.
Porque mucho antes del asfalto y de los colectivos modernos, hubo choferes que igual llegaban. Incluso cuando el camino parecía decirles que no.

