“Hace todo para encajar”: el drama silencioso del bullying que atraviesa a una familia en Iguazú

Se deja humillar para no quedarse solo. Obedece para pertenecer. Mientras tanto, su mamá no duerme esperando que vuelva sano de juntarse con quienes lo lastiman. Una historia que expone la cara más cruel del acoso: cuando la víctima acepta el daño con tal de no desaparecer del grupo.

Iguazú (LaVozDeCataratas-Kelly Ferreyra) Una madre relató a LaVozDeCataratas el calvario que vive su hijo dentro y fuera de la escuela. “No duerme, no come bien… y aun así quiere ir, porque necesita pertenecer”, contó. Detrás del acoso, aparece una realidad que duele: chicos que lastiman y otros que hacen lo que sea para no quedar afuera.

En Iguazú, la historia de este nene, no es una excepción. Es una de esas historias que se viven en silencio, puertas adentro, mientras en la escuela todo parece “normal”.

“Mi hijo no es el prototipo del chico lindo, del popular… y eso ya lo deja afuera”, contó su mamá en diálogo con LaVozDeCataratas. La frase, simple, pesa. Porque marca desde dónde empieza todo.

Según su relato, el acoso no siempre es directo. A veces no hay golpes, ni insultos a la vista. Hay algo más complejo: la necesidad desesperada de pertenecer.

“Ellos le hacen hacer cosas… y él las hace. Para que lo acepten. Para que no lo dejen solo. Para formar parte de ese grupo”, explicó. Y ahí aparece una de las caras más crudas del bullying: la manipulación emocional.

En ese “mundito” escolar, donde, según describe, “se premia a unos y se castiga a otros”, su hijo intenta sobrevivir como puede. Acepta bromas, pedidos, humillaciones sutiles. Todo con tal de no quedar afuera.

Pero el sufrimiento no termina cuando suena el timbre. “Se junta con esos ‘amigos’… y yo me quedo esperando que vuelva. No duermo. No sabés qué puede pasar”, confesó. La angustia es constante. No hay descanso.

Esos mismos chicos que lo incluyen a medias, también aparecen en su casa. “Vienen, comen, agarran lo que hay… y se van. No hay amistad ahí. Pero él cree que sí”, dijo la madre, con una mezcla de tristeza e impotencia.

El dilema como madre es brutal: enseñarle a defenderse sin endurecerlo, acompañarlo sin invadirlo, soltarlo sin dejarlo solo.

“Yo sé que tiene que aprender a sobrevivir en ese ambiente… pero duele. Duele verlo así”, agregó.

Los datos acompañan este testimonio y lo vuelven aún más alarmante. Según la Bullying Sin Fronteras, entre mayo de 2024 y mayo de 2025 se registraron al menos 140.000 casos graves de bullying y ciberbullying en Argentina, la cifra más alta desde que existen mediciones sistemáticas.

En ese mismo período, 111 muertes estuvieron vinculadas a situaciones de acoso, junto con 44 intentos de homicidio y 99 intentos de suicidio asociados a estas violencias.

Lejos de tratarse de hechos aislados, los números exponen una problemática estructural que ubica al país entre los de mayor incidencia a nivel mundial.

El bullying —o acoso escolar— implica agresiones reiteradas, físicas, verbales o emocionales, entre pares. Pero hay algo que lo vuelve aún más peligroso: el silencio.

Silencio en las aulas.
Silencio en los grupos.
Silencio en casa.

“Hay cosas que él no me cuenta… y yo lo noto. En la mirada, en cómo llega”, dijo la madre. Y en ese silencio, el dolor crece.