«Para Dios no hay nada difícil»: aprendió violín de grande y convirtió la música en una misión de fe

Gladys Ríos tiene 67 años y hace una década decidió cumplir un sueño que parecía imposible: aprender a tocar el violín. Con esfuerzo, fe y mucha dedicación, hoy acompaña los cultos de su congregación y encuentra en la música una forma de expresar su amor por Dios. "Ese es el don que Dios me dio", resume con humildad, mientras sostiene el violín que hace diez años cambió para siempre una parte de su vida.

Iguazú (LaVozDeCataratas)  El Día Internacional del Violín se celebra cada 18 de junio en homenaje al nacimiento de uno de los más grandes violinistas de la historia, George Enescu, reconocido por su extraordinario aporte a la música clásica y a la enseñanza de nuevas generaciones de músicos.

A sus 67 años, Gladys Ríos demuestra que nunca es tarde para aprender algo nuevo. Hace diez años tomó por primera vez un violín y comenzó un camino de aprendizaje que continúa hasta hoy, acompañado por la fe, la perseverancia y el deseo de servir a Dios a través de la música.

Gladys  recuerda en diálogo con LaVozDeCataratas, que fue una hermana de Brasil quien la ayudó a dar los primeros pasos con el instrumento. Desde entonces, comenzó a familiarizarse con las partituras y los métodos de estudio.

«Voy aprendiendo con los métodos y con las partituras. Los puntitos negros», cuenta entre sonrisas al referirse a las notas musicales que alguna vez le parecieron imposibles de comprender. Para Gladys, el aprendizaje no fue sencillo, pero siempre encontró una fuerza mayor para seguir adelante.

«Era difícil para mí, pero para Dios no hay nada difícil. A mi edad pensé que no iba a poder aprender, pero Dios me enseñó. Gracias a Dios hasta ahora sigo tocando», afirma emocionada.

Actualmente integra el grupo de músicos de su iglesia y participa activamente en los cultos, aunque recuerda que hubo una época en la que acompañaba sola a su esposo cuando él comenzaba a atender una congregación en la zona de Primero de Mayo.

«Yo tocaba y cantaba sola. Siempre me gustó mucho cantar», recuerda.

La música forma parte de su vida desde muy joven. Antes del violín ya tocaba la guitarra, instrumento que aprendió durante la adolescencia, alrededor de los 16 o 17 años, cuando participaba de actividades en la iglesia. Incluso alguna vez pensó en aprender clarinete, pero desistió por una razón muy particular. «Si aprendía clarinete no iba a poder cantar, y a mí me gusta cantar», relata entre risas.

Su repertorio está compuesto exclusivamente por música cristiana, una elección que responde a su profunda convicción religiosa. Sin embargo, asegura que el violín exige una dedicación especial. «Con el violín sí o sí tengo que usar partitura», explica.

La música también se convirtió en una compañera inseparable en los momentos difíciles. Cuando atraviesa situaciones de tristeza o preocupación, encuentra refugio en las melodías. «Cuando estoy triste agarro mi violín o mi guitarra y canto bien fuerte. Ahí Dios me da libertad y me fortalece», expresa.

Entre ensayos, cultos y encuentros religiosos que se extienden durante gran parte de la semana, Gladys sigue compartiendo su don con la comunidad. Su historia es una muestra de que la edad no es un límite cuando existen ganas de aprender, perseverancia y una profunda fe.

«Ese es el don que Dios me dio», resume con humildad, mientras sostiene el violín que hace diez años cambió para siempre una parte de su vida.