Todos queremos festejar: El Mundial no deroga las normas de convivencia

El casco sigue siendo obligatorio. Conducir alcoholizado sigue siendo un peligro. Circular a alta velocidad entre familias sigue siendo irresponsable. Y modificar caños de escape para generar explosiones que alteran a vecinos, niños y personas con sensibilidad auditiva sigue siendo una falta de respeto. La pasión por la Selección puede explicarlo todo, pero no puede justificar cualquier cosa.

Iguazú (LaVozDeCataratas-Kelly Ferreyra) Y sí, seguramente estas líneas van a incomodar a algunos. Porque cada vez que se plantea la necesidad de poner límites aparece el argumento de que «es un festejo» y que hay que dejar disfrutar a la gente. Pero ganar un partido de fútbol no suspende las leyes, no anula las normas de tránsito ni convierte el espacio público en tierra de nadie. Las reglas siguen siendo las mismas para todos.

El casco sigue siendo obligatorio. Conducir alcoholizado sigue siendo un peligro. Circular a alta velocidad entre familias sigue siendo irresponsable. Y modificar caños de escape para generar explosiones que alteran a vecinos, niños y personas con sensibilidad auditiva sigue siendo una falta de respeto. La pasión por la Selección puede explicarlo todo, pero no puede justificar cualquier cosa.

El fútbol tiene esa capacidad única de unir a personas que piensan distinto, viven distinto y sienten distinto. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias y aparece algo que nos identifica a todos. Por eso los festejos populares son parte de nuestra cultura y de nuestra identidad. Pero una cosa es celebrar y otra muy distinta es convertir una fiesta en una situación de riesgo.

Lo que se vio en  Iguazú durante los festejos por la victoria de la Selección dejó una pregunta incómoda: ¿en qué momento normalizamos el descontrol?. Familias enteras se acercaron con sus hijos para compartir una noche de alegría colectiva. Padres, madres, niños y abuelos que simplemente querían vivir el clima mundialista en comunidad. Sin embargo, muchos terminaron retirándose antes de tiempo por miedo, incomodidad o preocupación.

Motocicletas circulando a alta velocidad entre la gente. Conductores sin casco. Maniobras peligrosas. Caños de escape modificados explotando a pocos metros de familias y niños. Jóvenes consumiendo alcohol mientras conducían. Un escenario que por momentos se parecía más a una carrera improvisada que a un festejo popular. Y lo más preocupante es que nadie parecía tener el control de la situación.

Porque cuando una moto atraviesa una multitud haciendo cortes, acelerando o generando explosiones con el escape, ya no se trata de una cuestión de diversión. Se trata de seguridad pública. No hace falta esperar una tragedia para actuar. Tampoco hace falta que alguien termine gravemente herido para reconocer que algo se está haciendo mal.

Entre los reclamos que llegaron después de la celebración hubo uno que merece especial atención. El de un padre que explicó por qué ya no puede llevar a su hijo con autismo a este tipo de eventos. Los estruendos repentinos, las explosiones de los escapes y el ruido extremo convierten una noche que debería ser de alegría en una experiencia angustiante. Y ahí aparece una pregunta todavía más profunda.

¿De quién es la fiesta?  Si una familia no puede asistir por miedo. Si un niño con hipersensibilidad auditiva no puede participar. Si adultos mayores prefieren quedarse encerrados en sus casas para evitar el ruido. Si vecinos deben soportar horas de explosiones y descontrol, entonces quizás el festejo dejó de ser de todos para convertirse en el festejo de unos pocos.

Celebrar no debería significar excluir, celebrar no debería significar poner en riesgo a otros. Celebrar no debería ser sinónimo de anarquía.  Iguazú necesita encontrar un equilibrio entre la pasión y la convivencia. Nadie pretende prohibir los festejos. Nadie quiere apagar la alegría de la gente. Lo que se reclama es algo mucho más simple: orden, respeto y presencia.

Y si cada victoria termina convirtiéndose en un problema de tránsito, ruido, alcohol y peligro, entonces el verdadero partido que estamos perdiendo no es el de fútbol. Es el de la convivencia.

Porque el verdadero problema no son las motos. El problema es una sociedad que muchas veces confunde libertad con ausencia de límites. Que cree que celebrar es hacer lo que se quiere sin importar quién está al lado. Festejar sí. Poner en riesgo a los demás, no. Esa diferencia debería ser mucho más clara de lo que hoy parece.