Iguazú (LaVozDeCataratas) Madre, abuela, cantora y compositora. Así se presenta Mariela Gerez cuando le preguntan quién es. Y no lo hace por casualidad. Para ella, esas son las identidades que atraviesan toda su vida y también su manera de entender el arte.
“Si tengo que definirme, una de las primeras cosas que voy a decir de mí es que soy madre y abuela. Soy una mujer, madre, abuela y cantora, cantora y compositora. Creo que son cosas muy importantes en la vida de una mujer”, expresó a LaVozDeCataratas.
Nacida en el conurbano bonaerense, Mariela creció rodeada de historias familiares que la conectaban con sus raíces. Por parte de su madre heredó ascendencia mapuche y por parte de su padre raíces chiriguano-chané. Sin embargo, fue un regalo de su abuela paterna, Arginia Jerez, el que terminaría marcando profundamente su camino artístico.
“Mi abuela me regaló la caja y a partir de ese regalo comencé a cantar coplas. Tuve que estudiar mucho porque yo no crecí donde eso se hacía naturalmente. Mi abuela solamente me regaló el instrumento y me recordó de dónde veníamos”, recuerda.
Ese encuentro con el canto con caja la llevó a investigar, viajar y conocer distintas expresiones culturales vinculadas a las tradiciones originarias y populares. Con el tiempo, esa búsqueda se transformó en una parte esencial de su identidad artística.
Después de recorrer distintos puntos de Latinoamérica, entre 2016 y 2017 tomó una decisión que cambiaría su vida: mudarse a Iguazú. Aunque existía una oportunidad laboral, el principal motivo fue otro. Buscaba un lugar donde la naturaleza formara parte de su vida cotidiana y también de su proceso creativo.
“Creo mucho en esto de cuidar el territorio de los sonidos. En este sonido indigenista que a mí se me ocurre reproducir, cantar y desde donde nacen todas mis composiciones. Yo necesitaba que mi hábitat fuera de pájaros, de monte, de árboles”, explica. La elección no fue casual. Tras conocer distintos lugares del continente, quedó fascinada por la selva misionera. “Me enamoré de la selva. Sentí que era el lugar donde quería vivir. El último pedacito de selva que queda en Argentina está acá, en Misiones, y yo vine a descubrir si podía quedarme. Cuando llegué, todas las puertas se abrieron”, relata.
Esa bienvenida le permitió construir su hogar y comenzar a desarrollar uno de sus grandes sueños: el Club de Arte La Libre, un proyecto cultural que busca echar raíces en la zona de las 2000 Hectáreas. Para Mariela, el arte no es solamente una profesión ni una actividad cultural. Es una herramienta de supervivencia emocional.
“Creo que el arte es la forma que yo tengo de poder transmutar todas mis emociones. Cuando me siento feliz, cuando me siento triste, cuando me siento angustiada, puedo ir a cantar”, cuenta. Por eso prefiere llamarse cantora antes que cantante.
“Canto por una necesidad de abrir la boca. Es un canto desesperado, una necesidad. Si no fuera por el poder que tiene el arte para transmutar las emociones, no sé qué sería de mí. No sé vivir sin el arte”, afirma.
Durante gran parte de su vida combinó la maternidad, el trabajo y la creación artística. Hoy, con su hija ya adulta y convertida además en abuela, siente que llegó el momento de dedicar más tiempo a su propia producción musical. “Nunca pude dedicarme de lleno al arte porque siempre tuve que trabajar y criar a mi hija. Ahora tengo más tiempo para producir mi música y para dar clases. Son las cosas a las que me gustaría dedicarme”, señala.
El proyecto que impulsa actualmente es el Club de Arte La Libre, un espacio que busca acercar propuestas artísticas y formativas a quienes viven lejos del centro de la ciudad. Si bien todavía se encuentra en construcción, el sueño ya empezó a tomar forma. “Por ahora tengo el terreno, parte de la construcción, el pozo de agua y estoy terminando algunas instalaciones. La idea es que en el futuro sea un punto de referencia cultural en las 2000 Hectáreas”, explica.
La iniciativa nace de una convicción profunda: el arte debe estar al alcance de todos. “Me parece que las herramientas artísticas hay que conocerlas desde chicos. Después, cuando uno es adolescente o adulto y tiene que atravesar dificultades, ya sabe que existen esos recursos para expresarse y sanar”, sostiene.
Entre las actividades que imagina para el lugar ocupa un espacio especial el canto con caja, una práctica que históricamente reunió a mujeres para compartir experiencias y emociones a través de la música. “Qué liberador que es cantar en grupo. Qué liberador que es poder crear. El canto con caja es un lugar para juntarse a cantar las mujeres, para cantar fuerte, casi como gritando”, describe.
Entre las artistas que marcaron su camino aparecen nombres fundamentales de la música latinoamericana como Mercedes Sosa, Violeta Parra, Liliana Herrero y Chabuca Granda. Sin embargo, también mantiene una búsqueda constante de nuevas voces. “A mí me gusta mucho la gente que puede cantar sus propias emociones. Siempre estoy buscando quiénes son los nuevos cantautores y cantautoras, qué se está cantando en Misiones, en Jujuy, en Posadas o en cualquier rincón del país”, comenta.
Actualmente participa en un proyecto musical junto a artistas brasileñas de la frontera denominado “A Casa Cantautoras”, una iniciativa que desde hace años impulsa documentales y producciones dedicadas a las mujeres compositoras y a la música independiente de la región.
Además, prepara una serie de videoclips que serán filmados en su chacra de Iguazú por realizadores locales. Mientras continúa construyendo su espacio cultural y desarrollando nuevos proyectos musicales, Mariela mantiene intacta la certeza que la acompaña desde que recibió aquella caja de manos de su abuela: “Yo no sé a dónde me lleve mi música, pero sé que tengo mi caja, sé que tengo mi sonido originario y sé que eso, a donde vaya, lo voy a compartir”.

