Opinión: El verdadero legado de esta Selección no entra en una vitrina

Una semana después de la final, el resultado ya forma parte de las estadísticas. Lo que permanece es mucho más profundo: durante 39 días, millones de argentinos recordamos que, cuando dejamos de lado las diferencias y caminamos hacia un mismo sueño, somos capaces de construir la mejor versión de nosotros mismos. Quizás ese haya sido el verdadero campeonato que esta Selección nos regaló.

Iguazú (LaVozDeCataratas-Sergio Dalaco) Se cumplió una semana de la gran final del fútbol mundial y todavía seguimos experimentando muchas emociones encontradas. Quizás la verdadera pregunta no sea qué perdimos, sino una un poco más profunda: ¿qué ganamos?

Sí, es cierto, existe el dolor de una derrota deportiva y es absurdo negarlo. Pero junto a ese dolor aparece algo inesperado: la sensación de haber sido protagonistas de una experiencia humana excepcional.

Durante 39 días, millones de argentinos emprendimos una misma travesía. Reímos, sufrimos, nos ilusionamos, nos abrazamos, nos volvimos a levantar después de cada golpe y aprendimos a esperar juntos. Porque hay algo profundamente humano en las travesías compartidas. Cuando terminan, comprendemos que ya no somos exactamente los mismos que partieron.

Quizás por eso este Mundial nos marcó de una manera distinta.

Porque, más allá de los resultados, nos regaló recuerdos, vínculos y emociones que permanecerán con nosotros durante muchos años. Y eso tiene un valor que ninguna tabla de posiciones puede medir.

Durante esas cinco semanas ocurrió algo extraordinario.

En una época donde abundan las diferencias, las discusiones y la fragmentación, millones de argentinos volvimos a pronunciar una palabra que parecía haber perdido fuerza: «nosotros».

Las familias organizaban sus horarios para encontrarse frente a una pantalla. Los amigos suspendían compromisos. Los vecinos abrían sus puertas. Desconocidos se saludaban en la calle. Personas que jamás se habían visto encontraban un motivo para conversar.

Algo nos estaba uniendo.

Mi hermano me dijo una frase que me dejó pensando: «Este Mundial fue distinto». Y tenía razón. Fue distinto porque no solamente vimos fútbol. Nos vimos a nosotros mismos. Nos vimos esperanzados, creyendo, compartiendo. Nos vimos unidos.

Hubo millones de abrazos concentrados en apenas 39 días. Y lo que sentimos durante esas semanas no lo vamos a olvidar.

Esta selección también nos dejó una enseñanza que trasciende el deporte. Nos enseñó que las posibilidades nunca son cero.

Hubo momentos en los que las probabilidades parecían insignificantes. Las estadísticas podían sugerir que el camino estaba terminado. Sin embargo, siguieron adelante, no abandonaron. Y ahí aparece una lección que vale para cualquier persona: para quien estudia, para quien emprende, para quien atraviesa una dificultad o para quien persigue un sueño que parece inalcanzable.

Las grandes remontadas solo son posibles para quienes permanecen en la cancha.

Estos muchachos nos enseñaron a no rendirnos. Nos enseñaron que lo imposible puede convertirse en posible. Y no lo hicieron con discursos. Lo hicieron con el ejemplo. Y también nos enseñaron algo más profundo todavía.

Nos enseñaron el poder que tiene el propósito compartido.

Durante un mes dejamos de lado muchísimas diferencias. Personas que piensan distinto, que viven distinto, que votan distinto. Personas que creen cosas distintas. Todos empujando para el mismo lado.

Cuando hablábamos de la Selección no decíamos: «¿Viste lo que hicieron?». Decíamos: «¿Viste lo que hicimos?» Y ese «nosotros» es extraordinario. Porque demuestra que las personas somos capaces de lograr cosas enormes cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos y comenzamos a sentirnos parte de algo mayor.

Tal vez por eso el mundo también quedó conmovido.

Escuché a un relator de la televisión brasileña decir: «Nunca subestimen a un campeón». Recibí llamados de amigos de otros países que me dijeron: «Estamos con Argentina». Incluso vi cientos de vehículos con patente brasileña cruzar nuestra frontera con familias enteras vistiendo la camiseta argentina. Vinieron para vivir la experiencia con nosotros.

Porque cuando un grupo humano entrega todo por una causa común, el mundo lo reconoce. El compromiso auténtico tiene un lenguaje universal.

Y es ahí donde aparece el verdadero legado de esta selección. Creíamos que el gran premio era la copa. Pero con el paso del tiempo tal vez descubramos que el verdadero premio fue otro:

«Haber comprobado, aunque haya sido por unas semanas, que la mejor versión de nosotros mismos existe.»

Una Argentina capaz de unirse, de confiar, de entusiasmarse, de abrazarse y de soñar en conjunto.

Durante 39 días esa Argentina dejó de ser un deseo. Dejó de ser una promesa. Dejó de ser una utopía y se convirtió en una experiencia.

La vimos, la sentimos… la vivimos. Estuvo en las calles, en los hogares, en las escuelas, en los lugares de trabajo y en cada abrazo compartido frente a una pantalla. Y cuando algo fue vivido, entonces deja de ser una fantasía y se convierte en una posibilidad.

Creíamos que el gran premio era levantar una copa. Jamás imaginamos que el premio sería descubrirnos a nosotros mismos.

Ese es, para mí, el premio jamás soñado.

Quizás no haya fotos de copas ni de medallas para los libros de historia, pero sí habrá algo mucho más difícil de obtener: la certeza de que la Argentina que anhelamos ya existe, porque durante 39 días la vimos aparecer.

Por eso, cuando los años pasen y los resultados se vuelvan estadísticas, quizás recordemos que esta selección nos dejó algo más valioso que cualquier trofeo.

Nos dejó la semilla de una Argentina distinta. La semilla de una Argentina mejor. El premio jamás soñado que esta selección nos trajo a casa.

Porque las finales se ganan o se pierden. Pero haber comprobado que la mejor versión de nosotros mismos existe es un triunfo que nadie podrá quitarnos.

Muchachos, eternamente gracias.