Iguazú (LaVozDeCataratas) Para Marta Bordón, el arte nunca fue un pasatiempo pasajero. Desde sus años en la escuela secundaria sintió una fuerte inclinación por las manualidades, la música y las clases de arte, intereses que con el tiempo se transformaron en una vocación que sigue cultivando a diario.
Aunque realizó distintos talleres a lo largo de los años, asegura que nunca dejó de aprender. Su recorrido comenzó con la profesora portuguesa Loti Ferreira y continuó con las clases de Irene Zarratea, de Wanda, cuya llegada a Iguazú impulsó la creación del taller Arlequín. Actualmente sigue formándose junto al artista Patricio Zamora y cursa el ultimoaño de profesorado de pintura decorativa de tres años.
Uno de los aspectos que distingue su recorrido es que convirtió un espacio de su propia casa en un lugar de encuentro para artistas y alumnos. Allí ofrece el lugar para que profesores dicten clases y, al mismo tiempo, aprovecha cada encuentro para seguir formándose.
«Lo hago por amor al arte. Tengo el espacio y lo comparto. Siempre estoy ahí también para aprender, porque creo que mientras me den la vista y las piernas voy a seguir estudiando», expresó.
Para Marta, pintar es mucho más que una actividad artística: es un momento de calma y conexión consigo misma. Muchas veces elige la madrugada para trabajar, acompañada por música clásica o las melodías de Nana Mouskouri, cuya serenidad marca el ritmo de cada pincelada. Ese clima también se refleja en sus obras, donde predominan las flores, los paisajes y la gama de verdes, inspirados en la naturaleza y en fotografías que ella misma toma. Para darles forma, prefiere el óleo, una técnica que le permite trabajar sin apuros, corregir detalles y construir cada cuadro con la paciencia que la caracteriza.
«El óleo me da tiempo para corregir y mezclar colores. Con el acrílico no me llevo bien porque seca muy rápido y yo soy lenta», comentó entre sonrisas.
Aunque varias de sus obras encontraron nuevos dueños, reconoce que no pinta pensando en vender, sino en el disfrute del proceso creativo. Entre las anécdotas que más recuerda está la de una pintura de una dama de noche, realizada en tres oportunidades porque cada una fue adquirida por personas que se enamoraron de la obra antes de que pudiera conservar una para ella.
Además de la pintura, Marta trabaja desde hace años en una florería, una actividad que también alimenta su inspiración.
«Me encanta hacer flores porque trabajo rodeada de ellas. Puedo terminar cansada de la florería, pero feliz, porque hago algo que me apasiona.»
Actualmente también celebra la conformación de un espacio que reúne a artistas locales, convencida de que el intercambio de experiencias fortalece el crecimiento de todos.
«Siempre soñé con que los artistas estuviéramos unidos. Me gusta compartir, aprender del otro y disfrutar cuando a un colega le va bien. El arte también es eso.»
Mientras continúa perfeccionando nuevas técnicas, como la acuarela, Marta sostiene que el aprendizaje nunca termina. Para ella, cada cuadro representa un nuevo desafío y una nueva oportunidad para seguir creciendo. Entre el sonido sereno de la música clásica y las canciones de Nana Mouskouri, encuentra la inspiración para seguir creando, convencida de que el verdadero valor del arte no está solo en la obra terminada, sino también en el camino recorrido para darle vida.
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