Iguazú (LaVozDeCataratas) Hay historias que pueden comenzar con algo tan sencillo como escribir un nombre. Para Enriqueta Báez de Acosta, escribir “Enriqueta” por primera vez a los 87 años significó cumplir un sueño que había comenzado cuando todavía era una niña en Paraguay.
Nació en Itakyry y fue la mayor de 15 hermanos. Su infancia estuvo marcada por las responsabilidades y las necesidades de una familia numerosa. Desde muy pequeña tuvo que trabajar y ayudar a su madre, Aureliana, por lo que nunca tuvo la oportunidad de asistir a la escuela. Pero quería estudiar. Y una historia que su familia conserva permite dimensionar cuánto.

Cuando era niña salía junto a su hermano Vidal a vender mandioca, pan casero y leche. Una vez quedó mandioca sin vender y Enriqueta decidió ofrecerla por su cuenta. Con el dinero que consiguió no compró un juguete ni una golosina: se compró un guardapolvo blanco porque quería ir a la escuela.
Como en aquellos tiempos no había lavarropas en su casa, caminó hasta el arroyo para lavarlo y dejarlo impecable. Después se puso aquel guardapolvo y se encaminó hacia la escuela.
Su madre la vio y se molestó. No porque no quisiera un futuro para su hija, sino porque la realidad familiar imponía otras prioridades. Enriqueta era necesaria para trabajar y ayudar a sostener a sus hermanos. El guardapolvo quedó. La escuela tuvo que esperar.

De Paraguay a Iguazú
A los 17 años, Enriqueta tomó otra decisión que marcaría su vida: viajó a la Argentina para trabajar y enviar dinero a su madre y sus hermanos en Paraguay.
Con el tiempo conoció a Gabriel Acosta, también paraguayo y llegado a la Argentina en busca de trabajo. Formaron una familia y tuvieron ocho hijos: Juan Ramón, Estela, Olga, Ricardo, Héctor, Viviana, Marcelo y Cinthia.
La familia se estableció en Iguazú, en el barrio Villa Tacuara, donde construyeron su vida a fuerza de trabajo. Gabriel fue además uno de los pioneros de EMSA y, según recuerda la familia, estuvieron entre los primeros vecinos de la zona en contar con electricidad en su vivienda.
Durante décadas, no saber leer ni escribir condicionó muchas situaciones cotidianas para Enriqueta. Para interpretar un documento, leer un papel o completar algún trámite debía apoyarse en su marido y posteriormente en otros integrantes de la familia. Sin embargo, las ganas de aprender seguían allí.
A los 87, escribió “Enriqueta”
Pasaron los años, llegaron los hijos y después los nietos. Hasta que, con la ayuda de Bruno, su nieto político, Enriqueta comenzó a practicar algunas palabras. Y finalmente ocurrió.
A los 87 años pudo escribir su propio nombre.
Nueve letras que para cualquier otra persona podrían ser apenas un ejercicio de escritura, pero que para ella condensaban más de ocho décadas de historia. Era “Enriqueta” escrito por su propia mano. De alguna manera, también era aquella niña del guardapolvo blanco llegando finalmente a la escuela que la vida no le había permitido conocer.

Un nombre que ahora llevan en la piel
Cuando sus nietos la vieron escribir su nombre decidieron convertir ese momento en un homenaje familiar: varios de ellos se tatuaron “Enriqueta”, reproduciendo el nombre que su abuela había aprendido a escribir. El gesto terminó cerrando un círculo inesperado.
La mujer que durante buena parte de su vida necesitó que alguien escribiera por ella ahora veía cómo aquello que finalmente había podido trazar con su propia mano quedaba grabado para siempre en la piel de sus nietos. «Flavia, Fabricio, Mariel, Jasmin y Aylen, somos los nietos, hay varios nietos más que también se lo van a hacer», contó Flavia a LaVozDeCataratas.
No se tatuaron solamente un nombre. Detrás de esas letras está la hermana mayor de 15 hermanos; la adolescente que dejó Paraguay a los 17 años para ayudar a su familia; la mujer que construyó su hogar en Iguazú; la madre de ocho hijos y la abuela que, pese al paso del tiempo, conservó aquel deseo de aprender.
La escuela quedó demasiado lejos en el tiempo, pero el sueño de aquella niña no desapareció. Enriqueta finalmente aprendió a escribir su nombre. Y sus nietos se encargaron de que nunca más pudiera borrarse.
