Iguazú (LaVozDeCataratas) ¿Cuántas veces un taxista aprendió algunas palabras en inglés para explicarle a un turista cómo llegar a Cataratas? ¿Cuántos comerciantes terminaron hablando una mezcla de español y portugués para atender a un brasileño? ¿Y cuántas familias aprendieron palabras del idioma del otro simplemente para poder entenderse?
En Iguazú, todos alguna vez podemos convertirnos en traductores sin serlo profesionalmente. La historia fronteriza, las migraciones y, posteriormente, el crecimiento del turismo hicieron de la comunicación entre distintas lenguas una situación cotidiana.
Este 30 de septiembre, Día Internacional de la Traducción, la efeméride permite mirar una característica que forma parte de la identidad local desde mucho antes de que existieran las aplicaciones capaces de traducir una frase en segundos.
Una ciudad que aprendió a entenderse
Históricamente, Iguazú recibió a familias provenientes de Paraguay y Brasil, además de inmigrantes de diferentes nacionalidades que se incorporaron a una comunidad en formación. Entre aquellos primeros pobladores y las generaciones que llegaron después, las diferencias lingüísticas tuvieron que resolverse de la manera más elemental: escuchando, preguntando y aprendiendo del otro.
El portugués y el español atravesaron naturalmente las relaciones comerciales, familiares y sociales, mientras que el guaraní tiene una profunda presencia cultural y lingüística en la región.
Con el desarrollo turístico apareció además otra necesidad. Inglés, francés, alemán, italiano y otras lenguas comenzaron a escucharse en las calles junto con los idiomas de los países vecinos. Y no siempre hubo un traductor cerca.
Así, trabajadores que mantienen contacto permanente con visitantes fueron incorporando palabras y frases indispensables para desempeñar sus tareas. Taxistas, comerciantes, mozos, recepcionistas, guías y trabajadores vinculados al turismo aprendieron muchas veces lo necesario para indicar un camino, explicar un precio, recomendar un lugar o simplemente dar la bienvenida.
No necesariamente hablan otro idioma con fluidez. Pero aprendieron a hacerse entender.
Cuando las palabras no alcanzan
La experiencia de José y Mirta muestra esa adaptación desde un vínculo mucho más personal. Él es brasileño, oriundo de San Pablo, y está casado con Mirta, argentina. Cuando llegó a Iguazú descubrió que conocer algunas palabras en castellano estaba lejos de significar comprender todo lo que escuchaba.
“Al principio fue difícil adaptarme. Yo vengo de San Pablo y no es lo mismo que ser de Foz, donde medianamente se entiende el castellano. Me costó mucho comprender, sobre todo los modismos o las «gírias», como decimos nosotros, y también el sentido del humor de los argentinos”, contó a LaVozDeCataratas.
Pero Iguazú le reservaba otra particularidad. En las conversaciones cotidianas comenzó a encontrarse con palabras y expresiones en guaraní mezcladas naturalmente con el castellano. “Acá hablan castellano y mezclan palabras en guaraní, y ahí me «lasqué”, recordó.
Fue entonces cuando Mirta asumió, casi sin proponérselo, otro papel dentro de la pareja: se convirtió en su traductora. No solamente le explicaba qué significaba determinada palabra. También debía ayudarlo a comprender un modismo, una broma o el verdadero sentido de una expresión que, traducida literalmente, podía significar algo completamente diferente.
Con los años y la convivencia, la barrera comenzó a desaparecer. “Ahora ya entiendo un poco más”, reconoció
Traductores sin título
Historias como la de José y Mirta se multiplican, de diferentes maneras, en una ciudad de frontera. Una persona puede convertirse circunstancialmente en traductora cuando ayuda a un visitante brasileño a comprender una indicación; cuando intenta explicarle en inglés a un turista dónde tomar un colectivo; cuando interpreta una expresión en guaraní para alguien que acaba de llegar o cuando simplemente busca otra palabra porque la primera no fue comprendida.
Son pequeñas traducciones cotidianas que difícilmente figuren como tales, pero permiten que dos personas que no comparten una lengua puedan comunicarse.
La tecnología modificó profundamente esa experiencia. Hoy un teléfono puede traducir textos, reproducir pronunciaciones e incluso interpretar conversaciones casi instantáneamente. Sin embargo, la experiencia de quienes viven en la frontera demuestra que hay algo que una traducción literal no siempre resuelve: los modismos, el humor, las costumbres y el contexto cultural detrás de las palabras.
Un día para reconocer a quienes hacen de la traducción una profesión
El Día Internacional de la Traducción se conmemora cada 30 de septiembre y fue reconocido oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2017. La fecha destaca especialmente el trabajo de los traductores e intérpretes profesionales y su aporte para facilitar el diálogo y la comunicación entre diferentes lenguas.
La jornada coincide con la conmemoración de San Jerónimo, tradicionalmente considerado patrono de los traductores y reconocido por su histórica traducción de textos bíblicos al latín.
En Iguazú, sin quitarle a la traducción profesional el conocimiento y la formación que requiere, la fecha permite ampliar la mirada hacia algo profundamente cotidiano: una ciudad que históricamente necesitó aprender palabras del otro para convivir, trabajar, formar familias y recibir a quienes llegan desde diferentes lugares del mundo.
Porque en esta frontera, muchas veces, traducir comienza con algo tan sencillo como querer entender y hacerse entender.

