Elizabeth Gutiérrez: la artista que pinta el alma de la selva

Fotógrafa, artista plástica y observadora de aves, Elizabeth Gutiérrez encontró en la pintura la forma de expresar su profunda conexión con la selva. En cada obra transforma recuerdos, recorridos y emociones en paisajes que invitan a contemplar la naturaleza con otros ojos.

Iguazú (LaVozDeCataratas) En la tranquilidad de su hogar, que transmite la misma serenidad que reflejan sus obras, rodeado de verde, con la luz natural entrando a su sala y los lienzos acompañando cada rincón, el ambiente invita a bajar el ritmo y detenerse a observar. Allí, Elizabeth Gutiérrez recibió a LaVozDeCataratas y, con la calma propia de quien prefiere que hablen sus pinturas antes que las palabras, condujo el recorrido por su espacio creativo.

Elizabeth Gutiérrez es fotógrafa, artista plástica y observadora de aves desde los 18 años. Sin embargo, mucho antes de descubrir el óleo, ya llevaba consigo una sensibilidad que había nacido entre los bosques y los talleres de su abuelo, Rodolfo Allou, un artista de la talla en madera que recorría la selva buscando la pieza perfecta, esa que solo existía primero en su imaginación.

Introvertida por naturaleza, Elizabeth deja que sean sus pinturas las que hablen por ella. Cada paisaje, cada ave y cada rincón del monte que lleva al lienzo revelan una parte de su sensibilidad y de la profunda conexión que mantiene con la selva. Porque hay herencias que no se transmiten con palabras ni se guardan en objetos: viven en la forma de detenerse frente a un árbol, en la paciencia para contemplar la luz filtrándose entre las hojas y en la capacidad de descubrir belleza donde otros apenas ven un paisaje. Esa manera de mirar el mundo fue el legado más valioso que recibió y el que hoy se refleja en cada una de sus obras.

«Siempre me gustó el arte. Siempre me gustaron las cosas hechas con las manos», recuerda. De niña observaba cómo su abuelo transformaba los troncos en esculturas. Aquellas caminatas por el monte y esa conexión profunda con la naturaleza sembraron una mirada que, años más tarde, encontraría otro lenguaje.

Fue en 2018 cuando todo cambió. Una visita habitual al espacio cultural Arlequín la acercó al artista Patricio Zamora. Invitada casi por casualidad a tomar un pincel, descubrió el óleo y entendió que había encontrado su lugar.

«Nunca había pintado una obra. Lo máximo que hacía era fotografía. Pero me enamoré del óleo.»

Desde entonces, sus cuadros crecieron al mismo ritmo que su necesidad de contar la selva. No el paisaje turístico ni la postal perfecta, sino ese universo donde en apenas un metro cuadrado conviven hongos, musgos, troncos, aves, humedad y vida.

Elizabeth no copia la naturaleza: la interpreta. Camina por el monte, observa durante horas y guarda escenas en la memoria. Cuando pinta, no necesita reproducir una fotografía: reconstruye emociones. Sabe cómo nace un hongo sobre un tronco, cómo envejece la corteza de un árbol o dónde encuentra refugio cada ave. Su obra intenta que quien la contemple casi pueda sentir el olor de la tierra húmeda después de la lluvia.

Aunque comenzó con la fuerza expresiva del óleo, hoy atraviesa un nuevo desafío: la acuarela.

«Pasé de la potencia del óleo a la liviandad de la acuarela. Antes no podía con ella; hoy siento que mi espíritu también encontró esa sutileza.»

Entre cursos, lecturas y el acompañamiento constante de Patricio Zamora, continúa perfeccionando una mirada que nunca deja de aprender.

«No me gusta hablar de mí, pero creo que quien mira una pintura puede descubrir qué le conmueve al artista, qué lo emociona y qué cosas habitan su sensibilidad.»

No hay una obra favorita. Todas guardan una parte de su historia. Desde un tronco cubierto por pequeños hongos hasta el antiguo hotel de guardaparques con la mirada dirigida hacia el mirador de las Cataratas, cada cuadro representa un instante que dejó una huella.

Además de la pintura, Elizabeth  incursionó en la ilustración científica, una disciplina que exige una observación minuciosa y una representación rigurosamente fiel de la realidad. Se formó con los profesores Valoriani y Julieta Bejar, quienes dictaron un curso en el IMIBIO. La técnica, que combina el uso de bisturí y grafito sobre un papel especial para lograr imágenes de gran precisión, la cautivó por el nivel de detalle y paciencia que requiere. Aunque se trata de un lenguaje artístico muy diferente al de sus paisajes, reconoce que esta experiencia enriqueció aún más su forma de observar la naturaleza.

Hoy trabaja en una nueva obra: su propia interpretación de las Cataratas del Iguazú. Inspirada en una fotografía de Emilio White, no busca reproducir la imagen, sino plasmar aquello que siente cada vez que contempla ese paisaje.

En una de las paredes de su hogar también la observa el único retrato de Horacio Quiroga pintado por sus propias manos, como si el escritor que hizo de la selva su escenario eterno custodiara, en silencio, a otra artista que encuentra en ese mismo monte un lenguaje para crear.

Porque, al igual que su abuelo encontraba esculturas escondidas dentro de un tronco, Elizabeth descubre pinturas invisibles en la inmensidad de la selva.

Él retiraba la madera sobrante hasta revelar la obra que imaginaba. Ella agrega color, luz y memoria hasta revelar la emoción que el monte despierta en su interior.

Dos generaciones unidas por un mismo territorio y una misma certeza: que la naturaleza siempre tiene una historia esperando ser contada por quienes saben detenerse a mirarla.