El río ya no sorprende: la ciencia y la tecnología detrás del desarme de las pasarelas de Garganta del Diablo

Desarmar hoy para reabrir antes: la estrategia que busca evitar otro cierre prolongado. La decisión de desmontar las pasarelas no responde a un riesgo inminente, sino a la posibilidad de anticiparse a una creciente extraordinaria, proteger la infraestructura y evitar que el río destruya componentes cuya reposición demandaría muchos meses.

Por Kelly Ferreyra 

Cada vez que el río Iguazú comienza a crecer, vuelve la misma preocupación. Las imágenes de operarios retirando barandas, desmontando pisos o cerrando el acceso a Garganta del Diablo generan incertidumbre entre vecinos y turistas. Las preguntas se multiplican: ¿es peligroso? ¿Se van a cerrar las Cataratas? ¿Las pasarelas no son seguras?, y grandes titulares sensasionalistas  de medios nacionales que ni siquiera conocen el destino. 

Después de conversar con ingenieros, recorrer durante años el circuito, seguir cada una de las grandes crecientes y acceder a la propuesta técnica presentada por Iguazú Argentina S.A. ante la Administración de Parques Nacionales, creo que vale la pena explicar qué está ocurriendo.

Porque lo primero que hay que decir es que esta decisión no responde a una emergencia, sino justamente a todo lo contrario: a la posibilidad de anticiparse a ella.

Ya no se espera a que el río sorprenda

Hace veinte o treinta años, afrontar una creciente extraordinaria era, en gran parte, una cuestión de reacción. El río empezaba a subir y las decisiones se tomaban prácticamente sobre la marcha. Hoy el escenario cambió completamente.

La tecnología permite monitorear permanentemente toda la cuenca del río Iguazú. Existen estaciones hidrométricas distribuidas en Brasil y Argentina, medidores automáticos de caudal, radares meteorológicos, imágenes satelitales, modelos hidrológicos y sistemas de alerta temprana que permiten prever cómo evolucionará el río con varios días e incluso semanas de anticipación.

A esa información se suman los pronósticos elaborados por organismos de primer nivel como la NOAA de Estados Unidos, el Servicio Meteorológico Nacional, el Instituto Nacional del Agua, INMET y SIMEPAR de Brasil, entre otros.

Todos esos datos confluyen en un mismo diagnóstico: el desarrollo del fenómeno El Niño podría generar lluvias muy superiores a lo habitual en toda la cuenca del Iguazú durante los próximos meses. Incluso hubo reuniones técnicas en Brasil, Buenos Aires y Posadas entre especialistas en hidrología, representantes de las represas brasileñas, autoridades de Parques Nacionales y organismos vinculados a las cuencas de los ríos Iguazú, Paraná y Uruguay.

No se trata de una decisión tomada por intuición. Se trata de una decisión respaldada por información científica.

¿Por qué desarmar ahora si el pico todavía no llegó?

Según los pronósticos actuales, el período más complejo comenzaría entre agosto y septiembre. Entonces surge otra pregunta lógica. Si el mayor caudal todavía no llegó, ¿por qué empezar ahora?. Porque desarmar Garganta del Diablo lleva tiempo. No hablamos de retirar algunas barandas. Hablamos de desmontar prácticamente todo un circuito construido sobre el río.

La propuesta elevada por Iguazú Argentina plantea comenzar el los primeros días de agosto justamente porque el trabajo requiere varias semanas. Esperar a que el río empiece a crecer sería llegar tarde. La diferencia entre anticiparse y reaccionar puede significar conservar toda la infraestructura o perderla.

¿Qué se desmonta realmente? Muchas personas creen que las pasarelas desaparecen por completo. No es así. Lo que se desmonta son todos los pisos metálicos, las barandas, defensas y componentes transitables.

Cada una de esas piezas se retira cuidadosamente y queda almacenada en la estación, completamente resguardada. Lo único que permanece instalado sobre el río son las grandes vigas estructurales. Y esto también tiene una explicación. Las vigas son enormes estructuras de acero de varias toneladas de peso. Quitarlas demandaría un operativo muchísimo más complejo que desmontar los módulos transitables.

Además, la experiencia acumulada durante décadas demostró que, aunque una creciente extraordinaria puede hacerlas caer de su posición, rara vez logra arrastrarlas río abajo.

La ingeniería también aprendió de las crecientes: Las Cataratas enseñan. Cada inundación dejó una lección. Durante las grandes crecidas del pasado se perdieron enormes cantidades de material porque el agua sorprendió a las pasarelas completamente armadas. Los troncos que descienden por el río durante esos eventos actúan como verdaderos arietes. No es solamente el agua. Son árboles enteros, ramas gigantescas y toneladas de vegetación que impactan contra la estructura a velocidades enormes.

Después de esas experiencias comenzaron a incorporarse mejoras. Una de las más importantes fue la instalación de lingas de acero trenzado, que sujetan las vigas a los macizos de hormigón. Con el paso de los años, ese sistema también evolucionó. Hoy muchas vigas cuentan con doble linga de acero. La primera absorbe el enorme impacto inicial cuando la estructura recibe el golpe de la corriente. La segunda funciona como respaldo.

¿Por qué dos? Porque la fuerza del río puede llegar a ser tan extraordinaria que incluso un cable de acero de casi una pulgada de espesor podría sufrir daños. La doble sujeción aporta un nivel adicional de seguridad. Si la viga cae, permanece anclada. Cuando el río baja, puede recuperarse, volver a colocarse y reutilizarse.

El enemigo no es el agua. Es el tiempo. Quizás la parte más importante de toda esta historia sea comprender cuál es el verdadero objetivo. El propósito no es impedir que el río golpee la estructura. Eso sería imposible. El objetivo es proteger los materiales más costosos y más difíciles de reemplazar. Si el río encuentra las pasarelas completamente armadas, puede destruir pisos, barandas y módulos enteros. Y cuando eso ocurre empieza otro problema. Hay que fabricar nuevamente cada pieza. Hay que licitar materiales. Esperar tiempos industriales. Coordinar transporte. Realizar montajes. Eso puede demorar muchos meses.

En cambio, si todos esos componentes ya fueron retirados y puestos a resguardo, el escenario cambia por completo. Cuando el evento hidrológico termina, la mayor parte del material sigue existiendo. Simplemente hay que volver a instalarlo. Esa diferencia puede significar reabrir Garganta del Diablo en pocos meses, en lugar de mantenerla cerrada durante casi un año.

Armar lleva mucho más tiempo que desarmar:  Otra idea equivocada es pensar que, cuando baja el agua, las pasarelas vuelven a colocarse inmediatamente. No funciona así. El propio informe técnico presentado ante Parques Nacionales estima que el rearmado demandará alrededor de dos meses. Y no es una demora burocrática. Es un procedimiento estrictamente técnico. Primero debe verificarse que el río haya estabilizado definitivamente su caudal. Luego se inspeccionan todas las vigas. Las que hayan caído deben recuperarse. Después vuelven a fijarse mediante un protocolo específico. Cada unión se revisa. Cada anclaje se controla. Se realizan auditorías de seguridad. Recién entonces comienza el montaje de pisos, barandas y demás componentes. Y aun así el trabajo no termina allí.

No sólo hay que revisar las pasarelas: Garganta del Diablo es mucho más que el balcón principal. Existe un camino de acceso. Está el terraplén por donde circula el Tren Ecológico.

-Hay puentes.

-Hay sanitarios.

-Hay instalaciones eléctricas.

-Hay sistemas de evacuación.

-Hay accesos para ambulancias.

-Todo eso también debe inspeccionarse.

-Porque el camino hacia Garganta del Diablo no solamente permite llegar al balcón principal, también constituye la principal vía de evacuación ante cualquier emergencia. Si ese sector no está en condiciones, el circuito simplemente no puede habilitarse.

La prioridad siempre es la misma: Quienes recorremos el Parque Nacional desde hace años sabemos que hay algo que nunca cambia. La seguridad. Cada mañana el parque inicia sus actividades con protocolos claramente establecidos, con un centro asistencial operativo, ambulancias disponibles y personal preparado para responder ante cualquier eventualidad. Las pasarelas no vuelven a abrir porque el agua bajó.

Vuelven a abrir cuando los ingenieros certifican que cada estructura ofrece todas las garantías para que miles de personas puedan caminar sobre ella sin riesgos. Y eso requiere tiempo.

Una decisión para abrir antes, no para cerrar más: Quizás el mayor desafío sea entender la lógica detrás de todo este operativo.

Paradójicamente, desarmar hoy es la mejor manera de reabrir antes mañana.Puede parecer contradictorio. Pero no lo es.

Si la creciente encuentra las pasarelas armadas, el río decidirá qué queda en pie. Si, en cambio, los materiales ya están protegidos, el trabajo posterior será mucho más rápido.  Eso es exactamente lo que plantea la propuesta elevada a la Administración de Parques Nacionales.

No se trata de cerrar por miedo, se trata de administrar el riesgo con inteligencia, de utilizar la tecnología disponible. De aprender de las experiencias del pasado. Y de entender que convivir con una de las maravillas naturales del mundo también significa respetar la fuerza extraordinaria del río Iguazú. Porque las Cataratas siempre estuvieron antes que nosotros y seguirán allí mucho después. Nuestro desafío no es vencer al río.

Es convivir con él, proteger la infraestructura que permite admirarlo y garantizar que, cuando el agua vuelva a su cauce normal, Garganta del Diablo pueda recibir nuevamente a miles de visitantes con la misma seguridad de siempre.

*Kelly Ferreyra, Periodista, diplomada en turismo. Directora de LaVozDeCataratas