¿Hay algo de San Martín en nosotros?: volver a mirar al hombre detrás del prócer para mirarnos como sociedad

Un cortometraje sobre el Libertador me llevó a mirar detrás del uniforme y encontrar al hombre: un padre preocupado por su hija, una persona atravesada por dolores, renuncias y decisiones difíciles. Y entonces la pregunta dejó de ser histórica para volverse incómodamente actual: ¿qué lugar tienen hoy, entre nosotros, la verdad, la palabra, la austeridad, el respeto y el compromiso con los demás?

Iguazú (LaVozDeCataratas-Sergio Dalaco) A 176 años de su muerte, quizás el desafío ya no sea solamente recordar qué hizo San Martín, sino preguntarnos cuánto queda de aquello que defendía. 

Confieso que este año pensé en San Martín de una manera distinta. Como tantos argentinos, crecí viendo su imagen en los manuales escolares, en los cuadros, los monumentos y los actos patrios. Siempre aparecía enorme, solemne, casi inalcanzable. El Libertador, el Padre de la Patria, el hombre que cruzó los Andes. Y quizás, de tanto colocarlo allí arriba, lo convertimos en una figura tan extraordinaria que dejamos de buscar aquello que podía tener de cercano a nosotros.

Hace unos días vi El Libertador, un cortometraje publicado por Infobae. Lo hice por curiosidad histórica, esperando encontrarme una vez más con el prócer que todos conocemos. Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba: detrás del uniforme, de las batallas y de las fechas apareció una persona. Apareció el hombre que sufría problemas de salud, el padre preocupado por el futuro de su hija, el líder obligado a tomar decisiones difíciles sin tener la certeza de cómo terminarían las cosas. Por un momento dejó de ser solamente San Martín y apareció José.

Y fue justamente ahí cuando sentí que estaba mucho más cerca.

Porque ninguno de nosotros puede dimensionar realmente qué significa organizar un ejército, atravesar una cordillera y participar de la liberación de tres naciones. Pero sí sabemos lo que significa tener miedo y avanzar igual. Sabemos lo que es preocuparnos por nuestros hijos, renunciar a algo, sostener una decisión, equivocarnos, volver a empezar o elegir un camino difícil porque creemos que es el correcto. Y entonces me hice una pregunta que nunca antes me había formulado de esa manera: ¿será que pusimos a San Martín tan alto que, de tan alto, dejamos de verlo y de escucharlo?

Hay un episodio de su vida que no aparece en el cortometraje y que siempre me llamó especialmente la atención. Cuando San Martín decidió dejarle enseñanzas a su hija Merceditas, no escribió sobre batallas, victorias ni estrategias militares. Tampoco le habló de poder o de gloria. El hombre que había protagonizado algunas de las páginas más extraordinarias de nuestra historia eligió dejarle consejos sorprendentemente sencillos: amar la verdad y odiar la mentira, ser amable con los pobres y los ancianos, hablar poco y solo lo necesario, despreciar el lujo, respetar las creencias de los demás y aprender a tener sensibilidad incluso con los animales más pequeños.

Cada vez que vuelvo a esas máximas me detengo especialmente en algo: esas palabras fueron escritas por el mismo hombre que cruzó los Andes. Y hay algo profundamente conmovedor en esa contradicción aparente. Solemos creer que las personas extraordinarias están hechas de cosas extraordinarias, cuando tal vez su verdadera grandeza esté en haber sostenido principios sencillos incluso cuando hacerlo resultaba difícil.

Ahí es donde San Martín deja de pertenecer exclusivamente a los libros de historia y empieza a interpelarnos.

Ninguno de nosotros va a cruzar los Andes mañana. No vamos a comandar un ejército ni probablemente nuestro nombre termine escrito en una plaza. Pero todos los días tomamos decisiones que, aunque sean infinitamente más pequeñas, hablan de quiénes somos. Decidimos si cumplimos una promesa, si decimos la verdad cuando mentir sería más conveniente, si respetamos al que piensa distinto, si tratamos con dignidad a quien no puede ofrecernos nada a cambio o si elegimos ayudar cuando sería mucho más cómodo mirar hacia otro lado.

Y entonces aparece una pregunta inevitable. Si un hombre que ayudó a cambiar el destino de un continente consideraba que esas cosas eran suficientemente importantes como para dejárselas a su hija como herencia, ¿qué lugar ocupan hoy esos valores en el corazón de los argentinos?

No tengo una respuesta cerrada. Tampoco creo que una editorial deba tenerla necesariamente. Pero sí creo que vale la pena hacernos la pregunta, porque quizás hemos aprendido a homenajear muy bien a nuestros próceres y no tanto a escucharlos. Repetimos sus nombres, conocemos sus fechas, colocamos flores frente a sus monumentos y enseñamos sus hazañas en las escuelas. Sin embargo, es mucho más fácil admirar la honestidad que practicarla cuando ser honesto tiene un costo; es más sencillo hablar de respeto que respetar verdaderamente al que piensa diferente; y resulta mucho más cómodo repetir una máxima que vivir de acuerdo con ella.

Quizás por eso me gustó tanto el cortometraje. Porque no intenta construir una estatua todavía más grande de San Martín. Hace exactamente lo contrario: lo devuelve a su condición humana. Por un momento le quita el bronce, el caballo, el uniforme y la solemnidad para mostrarnos a una persona. Y cuando aparece el hombre, sucede algo interesante: la distancia de más de doscientos años parece achicarse y podemos volver a conversar con él.

San Martín pertenece inevitablemente al pasado, pero algunas de las preguntas que atravesaron su vida siguen siendo profundamente actuales. ¿Cómo construir algo que sea más grande que nosotros mismos? ¿Cómo sostener una convicción cuando hacerlo cuesta? ¿Cómo ejercer el poder sin enamorarse del poder? ¿Cómo enseñarles a nuestros hijos aquello que verdaderamente importa? ¿Cómo vivir de acuerdo con los valores que decimos defender?

Y quizás todas esas preguntas puedan resumirse en una sola: ¿qué clase de persona queremos ser?

A 176 años de su muerte, tal vez el mejor homenaje a José de San Martín no consista únicamente en recordar dónde nació, qué batallas ganó o cuándo murió. Todo eso está escrito y seguirá estando en los libros. Quizás haya llegado el momento de volver a escuchar al hombre detrás del prócer: al padre que pensaba qué enseñanzas dejarle a su hija, al hombre enfermo que siguió adelante, al que conoció el poder pero también supo renunciar a él, al argentino que fue capaz de imaginar algo mucho más grande que su propia vida.

Porque después de más de dos siglos, San Martín todavía puede decirnos mucho sobre el país que queremos construir, pero también sobre las personas que elegimos ser mientras intentamos construirlo.

Quizás este 17 de agosto la pregunta no sea qué hizo San Martín por nosotros. Eso ya lo sabemos. La pregunta, bastante más incómoda, es otra: ¿Hay algo de San Martín en nosotros?