Iguazú(LaVozDeCataratas) Cuando todavía no salió el sol, la jornada del agricultor ya comenzó. El mate está listo, las herramientas preparadas y la mirada puesta en la tierra. Para quienes eligieron vivir de la chacra, cada día empieza temprano y está marcado por tareas que se suceden hasta que cae la tarde.
Ana Hollan conoce de cerca esa realidad. Desde hace 18 años vive en la zona de las 200 mil hectáreas de Iguazú, donde encontró en la tierra una manera de producir y sostener su vida. Allí cultiva mandioca, batata, choclo, arroz, poroto y verduras, además de criar animales y elaborar productos artesanales.
“Soy hija de peones y desde chica aprendí lo que es trabajar la tierra y criar animales”, contó Ana, al recordar sus raíces y una infancia atravesada por la cultura del trabajo rural.
Una jornada que empieza a las 4.30
En la chacra, esperar a que amanezca muchas veces significa empezar tarde. La actividad puede comenzar alrededor de las 4.30 o 5 de la mañana, cuando todavía queda mucho por hacer antes de que avance el día.
“Preparás el mate, el desayuno y después arrancás con los animales: ordeñar la vaca, alimentar los chanchos, las gallinas, sacar los huevos, cosechar y preparar lo que hace falta para el día”, relató.
Son tareas cotidianas que se repiten y que requieren constancia. Los animales necesitan atención todos los días y los cultivos tienen sus propios tiempos, independientemente del clima, el cansancio o las dificultades que puedan presentarse.
El trabajo que no se ve detrás de cada producto
Detrás de cada mandioca, choclo o verdura que finalmente llega a una mesa existen meses de trabajo que el consumidor muchas veces no llega a conocer.
Ana recuerda especialmente sus primeros años en la chacra, cuando vivía sola y debía encontrar diferentes maneras de generar ingresos para salir adelante.

“Hacía carbón en un pozo en la tierra. Cargaba los troncos y durante la noche tenía que cuidarlo porque si se revienta se quema todo. De eso sacaba para comprar alimento para los animales y lo que necesitaba para vivir”, recordó.
Con los años continuó produciendo y aprendiendo. Preparar el suelo, sembrar, limpiar, cuidar las plantas, controlar las plagas y esperar el momento de la cosecha forman parte de un proceso que exige tiempo, conocimiento y dedicación.
Por eso, cuando escucha cuestionamientos sobre el precio de los productos, Ana piensa inmediatamente en todo aquello que ocurrió antes de que ese alimento llegara a manos del comprador.
“La gente a veces dice que el producto es caro, pero no sabe todo lo que hay detrás: limpiar la tierra, plantar, mantener, cuidar los insectos”, explicó.

Además, remarcó que cuando se busca producir de una manera más natural, el cuidado puede demandar todavía más trabajo. “Si querés ofrecer algo sano tenés que hacer remedios naturales, no usar químicos”, sostuvo.
Producir y transformar lo que brinda la tierra
Su trabajo no quedó limitado a los cultivos y la cría de animales. Durante años, Ana también se dedicó a elaborar conservas y dulces utilizando productos provenientes de la chacra y del monte.
Mamón, caraguatá, coco y pindó fueron algunos de los frutos y productos que utilizó para elaborar alimentos artesanales, una manera de aprovechar la producción disponible y agregar valor a lo que brindaba la tierra.
Hoy, a sus 63 años, algunas limitaciones de salud hicieron que disminuyera el ritmo de trabajo. Sin embargo, su vínculo con la chacra permanece intacto. La tierra no representa solamente un lugar de producción: forma parte de su historia y de su identidad.
“Vivir en la chacra es muy sacrificado. Tiene que gustarte. Muchos que están afuera creen que es fácil, pero tienen que estar adentro para conocer la realidad de un chacrero”, reflexionó.
Una historia que representa a muchas familias
La historia de Ana es también la de tantos agricultores que comienzan sus jornadas antes del amanecer, producen alimentos, crían animales y mantienen una relación cotidiana con la tierra.
Es un trabajo silencioso que muchas veces queda oculto cuando el producto finalmente llega a una feria, un comercio o una mesa, pero que resulta fundamental para sostener la producción de alimentos y una forma de vida profundamente vinculada a la identidad de Misiones.
En el Día del Agricultor, la experiencia de Ana permite mirar un poco más allá de la cosecha terminada. Detrás hay madrugadas, incertidumbre, conocimiento, esfuerzo y años de trabajo.
Porque antes de que un alimento llegue a la mesa, hubo alguien que preparó la tierra, sembró, cuidó y esperó. Y al día siguiente, mucho antes de que saliera el sol, volvió a empezar.

