Día del maestro: Se jubilaron de la escuela, no de ser maestras. La historia de Marcela y Andrea

La amistad creció junto con sus carreras: compartieron libros, alumnos, experiencias, dudas, canciones, ideas para las clases y esas conversaciones sobre la escuela que continuaban incluso cuando ya habían salido del aula. Porque después de más de tres décadas frente a alumnos y 37 años de amistad, todavía pueden sentarse frente a un mate y terminar hablando de una escuela, de algún chico, de aquella canción que servía para enseñar una letra

Iguazú (LaVozDeCataratas) En este Día del Docente, la historia de Marcela Martínez y Andrea Viré tiene algo de despedida, pero mucho más de comienzo. Después de 31 y 32 años de trabajo en las aulas, respectivamente, las dos se jubilaron. Cerraron una etapa que atravesó prácticamente toda su vida adulta y ahora, todavía acostumbrándose a no tener horarios, empiezan a descubrir qué viene después.

Son amigas desde hace más de 37 años. La amistad creció junto con sus carreras: compartieron libros, alumnos, experiencias, dudas, canciones, ideas para las clases y esas conversaciones sobre la escuela que continuaban incluso cuando ya habían salido del aula.

Hoy siguen juntas. Solo cambió el escenario. Los mates y las charlas continúan, pero ya no hay un timbre que marque el recreo ni un despertador que anuncie que hay que levantarse para ir a la escuela.

LaVozDeCataratas las visitó para hablar de aquellos primeros años, de los alumnos que dejaron huellas, de una escuela que cambió profundamente y también de lo que significa dejar atrás una profesión que durante más de tres décadas fue parte de su identidad.

“Me siento feliz por haber concretado una etapa de la mejor manera y sentirme todavía joven para nuevos proyectos. Eso es lo que me hace feliz de esto”, cuenta Marcela, que se jubiló después de 31 años de docencia.

Andrea ejerció durante 32 años y hoy disfruta especialmente de algo que durante décadas fue escaso: el tiempo. “Al ser docente jubilada siento que tengo tiempo para disfrutar de esos momentos que antes no podía y, sobre todo, disfrutar a mi familia”, explica.

Dos caminos que terminaron encontrándose

Andrea prácticamente nació rodeada de docentes. En su familia había maestros tanto del lado materno como paterno y esa historia ahora continúa con su hija. Antes de recibirse estudió tres años de Psicopedagogía y también sintió una especial inclinación hacia la educación especial, en parte por la experiencia de crecer junto a un hermano con discapacidad.

Marcela, en cambio, recuerda que quería ser maestra desde niña. Jugaba a dar clases en la casa familiar, inventaba alumnos y utilizaba hasta el placard como pizarrón. “Siempre tuve ese deseo de ser docente”, recuerda.

Andrea comenzó a trabajar apenas recibida. Tenía 22 años y hacía solamente diez días que había terminado sus estudios cuando María Esther Rolón, quien había sido su propia maestra, la convocó para cubrir una suplencia en segundo grado de la Escuela 462.

El recuerdo de aquel primer día permanece intacto. Había nervios y ansiedad por descubrir qué grupo encontraría del otro lado de la puerta. “Creo que yo estaba tan nerviosa como los niños el primer día”, recuerda.

Marcela también comenzó con los más pequeños, en el Instituto San Lucas. Tuvo primero, segundo y tercer grado durante buena parte de su carrera.

“Era como miedo a no fallar uno mismo, porque sabés que los que están detrás, sentados en los pupitres, son niños que vienen con un bagaje de cosas y vos tenés que ayudarlos y guiarlos”, explica.

Los primeros años también fueron de aprendizaje para ellas. Los conocimientos estaban, pero la experiencia se construía todos los días frente a los alumnos y con la ayuda de otras maestras.

Una amistad en la que siempre estuvo presente la escuela

Marcela y Andrea no solamente fueron amigas y docentes al mismo tiempo. La docencia se metió dentro de su amistad. Cuando Marcela necesitaba una idea para enseñar algún contenido, levantaba el teléfono y llamaba a Andrea. Todavía no existían los celulares ni mucho menos los grupos de WhatsApp donde hoy circulan actividades y materiales. “Le decía: ‘Andrea, tengo que enseñar tal cosa, ¿qué canción me recomendás?’. Y ella me cantaba por teléfono”, recuerda Marcela entre risas.

La ayuda también funcionaba en sentido contrario. Andrea recurría a Marcela cuando necesitaba creatividad y habilidad manual para preparar materiales. “Marcela siempre fue muy creativa y muy práctica con las manos. Entonces yo le preguntaba qué podía hacer, qué me recomendaba, cómo hacer una coronita diferente. Ella me indicaba o directamente me las hacía”, cuenta.

Incluso cuando salían a caminar, la escuela caminaba con ellas. Hablaban de algún alumno que atravesaba dificultades, pensaban qué podían hacer para ayudarlo y compartían las preocupaciones que se llevaban del aula a sus casas. “Dentro de la amistad que teníamos también incluíamos nuestra profesión. Nunca fue algo separado”, resume Marcela.

Fueron maestras dentro y fuera de la escuela. De los libros al proyector y la pandemia

En más de tres décadas vieron cambiar profundamente la manera de enseñar. Llegaron las computadoras, los celulares, los proyectores, las clases virtuales y finalmente la inteligencia artificial. Ninguna oculta que adaptarse fue sencillo.

Andrea recuerda incluso que sus propios alumnos de tercer grado terminaban ayudándola a conectar el proyector que había comprado para utilizar durante las clases.

Marcela tuvo su prueba de fuego durante la pandemia. Debió preparar un pizarrón en su casa y aprender a dar clases virtuales. “Me tuve que amigar con la tecnología sí o sí”, recuerda.

Sin embargo, las dos reivindican algo de aquella escuela en la que comenzaron: el libro, la lectura y la capacidad de comprender un texto.

Andrea considera que el acceso inmediato a la información también presenta nuevos desafíos. “No hay que dejar de lado los libros. Creo que dejar de leer apartó mucho a los chicos de interpretar textos. Les cuesta resumir o resolver un problema matemático porque primero hay que interpretar lo que está escrito”, sostiene.

Fue también uno de los momentos en que comenzó a sentir que se acercaba el final de su etapa.

“Pensé: hasta acá llegué. Voy a dar un paso al costado porque creo que hay otra generación que va a venir, chicas nuevas, con otras ideas. Hasta acá cumplí”, recuerda.

Lo que no aparece en el recibo de sueldo

En tantos años hubo momentos difíciles. Problemas, cansancio y situaciones que hicieron pensar que quizá era momento de apartarse. Pero ninguna quiso abandonar realmente aquello que había elegido.

Andrea lo explica de una manera sencilla: la docencia quizás no sea una profesión especialmente remunerada en términos materiales, pero devuelve muchísimo desde lo humano.

Los niños, las familias, las compañeras, las conversaciones en la sala de maestros, un cumpleaños compartido o simplemente un mate forman parte de aquello que queda cuando termina la carrera. Y justamente eso es lo que ahora extrañan.

“Uno se relaciona con personas dentro de la escuela con las que pasa muchísimo tiempo. A veces terminás hablando con una colega de cosas que quizás ni siquiera hablás en tu casa”, cuenta Marcela. Andrea todavía no terminó de despedirse del todo.

Sigue visitando la escuela.

“Ella me dice: ‘Todavía no cortaste el cordón’”, cuenta entre risas. Durante un tiempo iba aproximadamente una vez por semana para visitar a quienes habían sido sus alumnos y encontrarse nuevamente con sus compañeros. Ahora comenzó a espaciar esas visitas. “Voy dejando porque también necesito darme ese tiempo”, reconoce.

Una nueva etapa sin despertador

Después de tantos años en los que cada jornada estuvo organizada alrededor de horarios escolares, reuniones, planificaciones y alumnos, aparece una sensación nueva: tener tiempo propio. Marcela todavía no decidió cuál será su próximo proyecto. Y no parece apurada.

Por ahora disfruta de las pequeñas libertades que antes resultaban difíciles: levantarse cuando quiere, preparar tranquilamente el desayuno y organizar el día sin mirar permanentemente el reloj. Hay una decisión que tomó apenas se jubiló: no volver a poner el despertador.

Después vendrán los proyectos. Andrea también está aprendiendo a disfrutar de esos momentos que durante tantos años debieron acomodarse alrededor de la escuela y hoy puede dedicar más tiempo a su familia y sus nuevos proyectos.

Se jubilaron de la docencia, pero hay cosas de las que probablemente nunca puedan jubilarse.

Porque después de más de tres décadas frente a alumnos y 37 años de amistad, todavía pueden sentarse frente a un mate y terminar hablando de una escuela, de algún chico, de aquella canción que servía para enseñar una letra o de una coronita que había que inventar para el día siguiente.

Marcela y Andrea ya no comparten aulas. Pero siguen compartiendo la vida, como lo hicieron durante todos aquellos años en los que también aprendieron que ser maestra era mucho más que entrar todos los días a una escuela.