Gladys René: una voz serena para pintar aquello que muchos prefieren no mirar

Artista plástica, docente y rescatista de animales, Gladys René encuentra en el arte una forma de expresar aquello que la conmueve y también aquello que incomoda. Entre pinceles, cuidados y una vida atravesada por los animales, construyó una obra figurativa y simbólica en la que aparecen la fragilidad, el abandono y la necesidad de mirar realidades que muchas veces se prefieren ignorar.

Iguazú (LaVozDeCataratas)  Para Gladys René, pintar no comienza necesariamente frente a un lienzo. Muchas veces empieza antes, con una imagen, una injusticia o una emoción que permanece dando vueltas hasta convertirse en una necesidad de crear. “Lo primero que aparece es una emoción, un ardor en mi corazón que no me deja dormir. Hay muchas noches que no duermo porque hay algo que quiere salir a los gritos”, cuenta la artista plástica.

Sin embargo, hay un contraste particular entre esa intensidad y la mujer que está detrás de las obras. Gladys habla con suavidad, de manera pausada y tranquila, incluso cuando aborda situaciones que la conmueven profundamente. Esa serenidad se vuelve todavía más evidente cuando habla de los animales: aparece la preocupación, pero también una dulzura vinculada al cuidado que forma parte de su vida cotidiana. Actualmente convive con 18 perros y 11 gatos, muchos llegados a partir de rescates, mientras reparte sus días entre el cuidado de su madre, las clases de arte y las responsabilidades de la casa.

“No hay mucho tiempo libre en mis días, pero tengo un lugar donde, de pasada, doy una pincelada”, relata. Es justamente en esos pequeños espacios donde la tranquilidad de su voz parece transformarse: la fragilidad, el abandono, el dolor y la vulnerabilidad que expresa serenamente con palabras adquieren otra intensidad cuando llegan al lienzo.

Pintar la realidad que incomoda

Gladys no busca encasillarse dentro de una única corriente, aunque define su producción como figurativa y simbólica. Más que pertenecer a un estilo determinado, le interesa aquello que una obra puede provocar en quien la observa. “Busco transmitir la realidad que nadie quiere ver, pero aunque cierren los ojos existe, te tropezás con ella”, sostiene.

El maltrato y el abandono animal ocupan un lugar importante dentro de esa mirada y se convirtieron en una de las banderas de su producción. Esa elección temática también la llevó a escuchar que determinadas pinturas serían difíciles de vender. La respuesta de Gladys revela cuál es su prioridad como artista: “Me dicen: ‘Pero nadie te va a comprar’. Mis pinturas nacen, tienen vida y, si no las compran, no me afecta”.

Tampoco resulta sencillo desprenderse de algunas piezas. “Me cuesta horrores. De muchas de mis obras ya no me voy a separar, son hijos míos, nacieron de mí”, explica. La pintura aparece así no solamente como un objeto artístico, sino como el resultado de experiencias, emociones y preocupaciones que primero atravesaron su propia vida.

El taller como espacio para aprender a mirar

Esa manera de relacionarse con el arte también acompaña su tarea como docente. Gladys da clases y comparte con sus alumnos un espacio en el que la enseñanza puede ir más allá de aprender una técnica, manejar un pincel o combinar colores. Su propia experiencia muestra que crear también implica observar, reconocer qué moviliza a cada persona y encontrar una manera propia de expresarlo.

En ese sentido, su taller puede convertirse en un lugar donde la técnica convive con la sensibilidad. Gladys no parte de la idea de que para crear sea indispensable contar con grandes recursos. Lo explica desde su propia realidad cuando habla de los materiales que utiliza: “Los colores se eligen solos”, dice entre risas, y agrega que trabaja “con lo que puedo comprar o ya tengo, tengo prioridades en casa. Sale lo que tiene que salir”.

Esa forma de producir también puede transmitir algo a quienes aprenden junto a ella: que el arte no depende solamente de los materiales disponibles, sino de tener algo para contar, desarrollar una mirada propia y animarse a expresarla. Entre las posibilidades que todavía desea explorar personalmente aparece la escultura, un lenguaje al que le gustaría acercarse en el futuro.

Cuando una experiencia se transforma en obra

La relación entre su vida y sus pinturas puede verse en una obra nacida de la historia de cuatro cachorros recién nacidos que fueron abandonados frente a su casa. Gladys decidió cuidarlos pese a que inicialmente tenían pocas posibilidades de sobrevivir. Finalmente vivieron junto a ella durante 15 años y aquella experiencia, atravesada por el vínculo y el cuidado, terminó encontrando también una forma de permanecer a través del arte.

No se trata de un episodio aislado dentro de su producción. En Gladys, las experiencias cotidianas suelen convertirse en materia artística. Por eso, cuando habla de la identidad de Iguazú tampoco piensa únicamente en los paisajes reconocibles de la ciudad. “Ya hice pinturas con la identidad de Iguazú, que es la identidad de muchísimos lugares del mundo. Yo pinto el maltrato animal, es mi bandera”, afirma.

Su mirada propone así otra manera de representar el lugar en el que vive. La identidad también puede encontrarse en las problemáticas de una comunidad, en aquello que sucede cotidianamente y en las situaciones que interpelan a quienes la habitan. Sus cuadros no buscan necesariamente ofrecer una imagen amable ni responder a lo que podría resultar más comercial: buscan detener la mirada.

Allí aparece quizás una de las características más interesantes de Gladys René como artista: la serenidad de quien habla contrasta con la contundencia de aquello que decide pintar. Sus obras muestran fragilidad, pero esa fragilidad no aparece como sinónimo de debilidad; por el contrario, se convierte en una forma de interpelar.

Entre sus alumnos, los animales, el cuidado de su familia y las obligaciones de todos los días, Gladys sigue encontrando momentos para volver al lienzo. A veces será apenas una pincelada al pasar. Otras, la respuesta a una emoción que lleva tiempo esperando. Porque para ella pintar parece comenzar justamente allí: cuando algo de la realidad ya no puede permanecer solamente adentro y necesita encontrar una forma para ser visto.