Iguazú (LaVozDeCataratas-Kelly Ferreyra) El último atardecer que disfruté en Garganta del Diablo no fue simplemente una postal más. Mientras miraba el sol caer sobre el agua, revisé mis imágenes, mis fotos, mis videos. Y ahí apareció algo que no estaba antes. No fue un detalle técnico ni un error de encuadre: había ruido en el paisaje. Un ruido visual, simbólico, casi incómodo. Y entonces fue inevitable la pregunta: ¿en qué momento empezamos a confundir naturaleza con espectáculo?
Cataratas del Iguazú no es un escenario neutro. Es un ecosistema vivo, frágil y excepcional. Un área protegida, Patrimonio Natural de la Humanidad, reconocida por la UNESCO, y compartida por dos países que asumieron —al menos en los papeles— el compromiso de preservarla. Ese estatus no es decorativo ni turístico: implica responsabilidades concretas, límites claros y una mirada a largo plazo.

Sin embargo, hoy esos límites empiezan a correrse. El paisaje se modifica. El impacto visual es evidente. Estructuras nuevas, trazos artificiales, intervenciones que rompen la lectura natural del entorno. Y no, no es una discusión estética menor. El paisaje también comunica valores. Cuando lo intervenimos, estamos diciendo algo sobre qué entendemos por conservación, por desarrollo y por turismo.
En nombre del llamado “turismo sostenible” avanzan proyectos que prometen experiencias, adrenalina, innovación. Tirolesas, plataformas, circuitos que atraviesan la escena natural como si el objetivo fuera competir con un parque de diversiones. Pero Cataratas no es un “ride” de Universal Studios. Nunca lo fue ni debería serlo. Su fuerza está en lo que no necesita explicación: el agua cayendo, la selva respirando, el tiempo detenido.
El argumento económico suele aparecer rápido: generar empleo, ampliar la oferta, atraer nuevos públicos. Nadie discute la importancia del turismo como motor regional. Lo que sí debe discutirse —y con seriedad— es a qué costo. Porque no todo lo que genera ingresos es automáticamente sustentable. Y no toda intervención es reversible. Hay decisiones que dejan marcas permanentes.
No se, yo solo me pregunto, no es si se puede hacer, sino si se debe hacer. ¿Hasta dónde puede tensarse un área protegida sin vaciarla de sentido? ¿Quién define el límite entre uso turístico y sobreexplotación? ¿Qué rol cumplen los organismos de control, las evaluaciones de impacto ambiental y, sobre todo, la mirada patrimonial que exige un sitio de valor universal excepcional?
Cataratas del Iguazú existe porque fue preservada. Porque durante décadas se entendió que su mayor riqueza era no intervenirla. Transformarla en un producto de consumo rápido puede resultar tentador en el corto plazo, pero es una apuesta riesgosa para el futuro. Cuando el paisaje se convierte en mercancía, deja de ser refugio. Y cuando el silencio natural se reemplaza por cables, estructuras y circuitos artificiales, algo esencial se pierde.
No se trata de oponerse al turismo ni al desarrollo. Se trata de definir qué modelo queremos. Uno que entienda a Cataratas como un patrimonio vivo que se cuida, o uno que la trate como un escenario al que siempre se le puede agregar algo más. Y lo escribo porque Cataratas es una sola. No es Brasileña o Argentina.
Ese atardecer en Garganta del Diablo dejó una sensación clara: cuando el paisaje empieza a hacer ruido, es porque algo no está del todo bien. Y escuchar ese ruido a tiempo también es una forma de cuidar lo que todavía nos pertenece a todos.
*Kelly Ferreyra; periodista. Directora de LaVozDeCataratas

