Iguazú (LaVozDeCataratas) Durante años, el CERI fue un espacio de acompañamiento para niños y familias en situación de vulnerabilidad en el Barrio Cataratas. Su trabajo comenzó en la casa de Roseli Padilla y Julio Broin con talleres, charlas y actividades vinculadas a la alimentación, la lactancia, los derechos de los niños, las mujeres y las situaciones de violencia. Con el tiempo, ese trabajo territorial fue creciendo y se transformó también en un espacio de recreación, deporte y contención.
Según relató Julio Broin, referente del espacio a LaVozDeCataratas, la pandemia marcó un antes y un después. Las necesidades aumentaron y muchas familias que conocían el lugar por charlas y talleres, comenzaron a acercarse en busca de alimentos y asistencia. En ese momento, la solidaridad de los vecinos se convirtió en el principal sostén: una persona aportaba cebollas, otra carne, otra algún alimento que tenía disponible, y con esas pequeñas colaboraciones se lograba cocinar para decenas de personas.
Durante un tiempo, la cocina funcionó prácticamente de lunes a lunes. También se organizaban meriendas dos veces por semana. El espacio comenzó a tomar identidad propia y surgió el nombre CERI cuyas siglas significan: Cataratas Espacio Recreativo e Integrador. La elección del nombre respondió a la denominación del barrio y también al objetivo de ser un espacio pensado no solamente para los niños, sino para las familias y para acompañar a quienes muchas veces quedan al margen.
La propuesta fue creciendo y se transformó también en impulso para otras actividades barriales, se logró construir una cancha de fútbol y se puso en marcha una escuelita deportiva. El fútbol permitió generar un espacio de encuentro, contención y recreación para los chicos. Con el tiempo, ese lugar también dio paso a la conformación del Club Social y Cultural Cataratas como asociación civil.
Pero sostener un espacio comunitario nunca fue sencillo. Uno de los principales obstáculos siempre fue conseguir alimentos, especialmente carne y verduras, además de contar con personas dispuestas a dedicar horas de manera voluntaria. “Estos espacios funcionan a pulmón y de corazón. No se gana”, explicó Broin.
Hoy, esa realidad se volvió todavía más compleja. Las asistencias que antes llegaban dejaron de hacerlo, las donaciones privadas disminuyeron y también hay menos personas disponibles para colaborar. Y allí aparece una de las principales reflexiones de este Día de la Solidaridad: no solamente cuesta ser solidario porque falta empatía, sino también porque muchas personas están atravesando sus propias dificultades.
La situación económica obliga a muchas familias a trabajar durante todo el día para poder llegar a fin de mes. Y cuando falta dinero, también falta tiempo. «Tiempo para colaborar, para acercarse a un merendero, para organizar una actividad, para cocinar para otros o simplemente para acompañar a alguien que lo necesita» resumió Broin.
Aun así, sostiene que pequeños gestos pueden cambiar la vida de alguien. «Un juguete para un niño que quizás nunca tuvo uno. Una camiseta para participar de un torneo. Un par de zapatillas. Leche para una familia. Ropa que otra persona ya no utiliza. Una silla de ruedas para quien la necesita. O simplemente ayudar a un adulto mayor que no sabe utilizar una computadora, son acciones que pueden cambiar el día de una persona» afirmó.
“Para ser solidario hace mucha empatía, ponerse en el lugar del otro, ver el sufrimiento, tratar de vivirlo, ponerse en los zapatos del otro. Si uno no lo puede solucionar, aunque sea ayudar, acompañar y ver si se puede facilitar un problema”, reflexionó.
“Yo no quiero ser pesimista, pero ojalá que todo cambie, que las ayudas realmente, con las políticas públicas, comiencen a dar frutos. Ojalá que haya asistencia para los lugares deportivos, para los merenderos y comedores, centros recreativos, centros culturales, lugares donde los chicos puedan aprender instrumentos y donde los jóvenes puedan aprender distintos oficios. Ojalá que eso cambie”, finalizó Broin.
Actualmente el CERI sigue brindando la merienda algunos días por semana y como se ha constituído en un lugar de referencia, siguen llegando donaciones eventualmente que se reparten con los vecinos. Este espacio nació y creció a partir de pequeños gestos, y aunque hoy sostenerlos cuesta más, la necesidad de tender una mano continúa intacta. Porque, como resumió Broin, “lo más gratificante del trabajo solidario es no esperar reconocimiento, sino saber que uno aportó su granito de arena”.
