Iguazú (LaVozDeCataratas) Cada historia de cáncer es diferente, pero detrás de cada diagnóstico hay una mujer, una familia y una vida que cambia. En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, la experiencia de Ada Flecha y su hija, Valeria Fonseca, pone en palabras dos realidades atravesadas por la enfermedad, el miedo y la esperanza.

A sus 69 años, Ada fue diagnosticada con cáncer de mama en febrero de 2023. Como se realizaba controles anuales, los médicos detectaron una pequeña anomalía que permitió actuar a tiempo. En agosto de ese año fue operada, realizó sesiones de radioterapia y comenzó un tratamiento con medicación que debe continuar durante cinco años. Actualmente lleva tres años tomándola.
Valeria la acompañó en los estudios, las biopsias y la cirugía en Posadas. Pero meses después, la vida también la enfrentaría a ella con un diagnóstico que cambiaría todo: un cáncer de cuello uterino avanzado.
El miedo de recibir un diagnóstico
Todo comenzó con sangrados persistentes que no mejoraban con la medicación. Tras nuevos estudios y una revisión médica, Valeria sufrió una hemorragia intensa y recibió la noticia de que tenía un cáncer de cuello uterino avanzado.
“Cuando me dijo ‘tenés cáncer’, dije: Dios mío, me voy a morir y mis hijos se quedan sin mamá. Se me cayó el mundo sobre la cabeza”, recordó.
En aquel momento, sus hijos tenían 11 y 3 años. El miedo a no verlos crecer se convirtió en uno de los pensamientos que la acompañaron durante toda la enfermedad.
En diciembre de 2023 comenzó a atenderse con el oncólogo Saldaña. Los estudios mostraron la gravedad del cuadro y, mientras esperaba iniciar el tratamiento, los dolores y las hemorragias se intensificaron. En enero de 2024 sufrió una emergencia hemorrágica y necesitó una transfusión de sangre en el Hospital SAMIC de Iguazú.

Lejos de sus hijos para poder seguir adelante
Uno de los momentos más difíciles fue aceptar que debía viajar a Posadas para recibir tratamiento y permanecer lejos de sus hijos de lunes a viernes durante dos meses.
Al principio se negó. No quería separarse de ellos. Sin embargo, el médico le advirtió sobre la gravedad de su situación: “Gordita, si no te vas, te vas a morir”.

Finalmente, comprendió que debía aceptar el tratamiento para tener la posibilidad de seguir acompañando a sus hijos. También comenzó a aferrarse a la fe, recordando las palabras del doctor Gassman, quien le había dicho que tuviera fe.
Durante la primera semana de radioterapia sufrió una segunda emergencia hemorrágica. Fue internada durante dos días en el Hospital Madariaga y necesitó otra transfusión de sangre.
Su tratamiento incluyó 30 sesiones de radioterapia en la zona pélvica, seis sesiones de quimioterapia, tres de braquiterapia y otras 25 sesiones de radioterapia en la zona abdominal.
Fueron meses de dolor, internaciones y viajes interminables entre Iguazú y Posadas. En los momentos más difíciles, sus hijos fueron el motor para continuar.
“Mi cuerpo me decía ‘no puedo más’, pero mi corazón de madre me decía: amo a mis hijos, no los voy a dejar solos”, expresó.
Una nueva Valeria que aprende a vivir
Hoy Valeria asegura que se encuentra bien físicamente, pero reconoce que la recuperación no termina cuando finalizan los tratamientos. Después de todo lo vivido, también necesita reconstruir su autoestima y aprender a convivir con los cambios que dejó la enfermedad.
“El cáncer mató a la Valeria que existía hace 37 años. Hoy hay una Valeria de tres años aprendiendo a vivir con su nuevo cuerpo, su nueva autoestima”, expresó.
Con esas palabras intenta explicar que siente que debe volver a conocerse y sanar las heridas emocionales que no siempre son visibles.
“Ser una paciente oncológica no es fácil. La que gana la batalla no venció al cáncer en su totalidad, porque seguís sanando otras partes que también destruye la enfermedad”, reflexionó.
La enfermedad, explicó, no afecta solamente el cuerpo: también modifica las rutinas, los vínculos familiares y la autonomía. Por eso, aunque hoy se encuentre bien físicamente, reconoce que todavía necesita sanar por dentro.
Un mensaje para las mujeres que atraviesan el cáncer
La historia de Ada recuerda la importancia de realizarse los controles médicos y de que la detección temprana puede permitir actuar a tiempo. La experiencia de Valeria, por su parte, invita a mirar también las consecuencias emocionales que puede dejar un diagnóstico oncológico.
A las mujeres que hoy atraviesan un cáncer de mama, ambas historias les acercan un mensaje de acompañamiento y esperanza: cada proceso es diferente y nadie debería sentirse sola frente al miedo, la incertidumbre o los cambios que trae la enfermedad.
Pedir ayuda, apoyarse en los seres queridos y darse tiempo para sanar también forman parte del camino. No es necesario ser fuerte todo el tiempo ni atravesar cada día sin miedo. Cada paso cuenta y cada mujer merece ser escuchada, acompañada y sostenida durante su tratamiento y su recuperación.
Después de meses en los que concentró todas sus fuerzas en sobrevivir, Valeria enfrenta hoy otro desafío: recuperar la confianza en sí misma y sanar las heridas que no se ven.
“Ahora tengo que sanar lo emocional, lo que el cáncer destruyó, pero que nadie ve por dentro”, concluyó.

