Iguazú (LaVozDeCataratas-KellyFerreyra) Después de años de compartir la vida, se convirtieron en la primera pareja del mismo sexo de Iguazú en contraer matrimonio. Su historia no solo marcó un precedente en la ciudad, sino que invita a mirar más allá de los prejuicios y reconocer el amor, el compañerismo y la decisión de construir juntos.
El 15 de julio de 2010, Argentina se convirtió en el primer país de América Latina y el segundo de todo el continente en reconocer el matrimonio igualitario en todo su territorio nacional.
Ese día, el Congreso de la Nación aprobó la modificación del artículo 172 del Código Civil mediante la Ley 26.618, reemplazando la definición del matrimonio entre “hombre y mujer” por la de un acto celebrado entre “contrayentes”.
La norma estableció además que el matrimonio tendría los mismos requisitos y efectos, independientemente de que las personas contrayentes fueran del mismo o de diferente sexo. Seis días después, el 21 de julio de 2010, la ley fue promulgada por la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
En Iguazú, la ley comenzó a hacerse realidad al año siguiente. El primer matrimonio igualitario celebrado en la ciudad tuvo lugar en 2011 y unió a dos hombres. Desde entonces, se celebraron 26 matrimonios igualitarios en Iguazú, reflejando el ejercicio de un derecho que permitió a muchas parejas formalizar legalmente su vínculo.
Entre esas historias se encuentra la de esta pareja, quienes, después de años de convivencia, decidieron dar un paso más y convertirse en la primera pareja del mismo sexo de Iguazú en contraer matrimonio.
Pero su historia va mucho más allá de una fecha, una ley o un acta firmada.
Habla de dos personas que decidieron compartir la vida, acompañarse, crecer, trabajar, emprender y construir un proyecto en común. Habla de una elección sostenida con afecto, respeto y compañerismo, incluso en una sociedad que todavía muchas veces observa primero desde el prejuicio y recién después —si es que lo hace— desde el amor.
Son personas queridas, respetadas y reconocidas por su calidad humana y profesional. Su vida cotidiana no se diferencia de la de tantas parejas que eligen caminar juntas: comparten alegrías, dificultades, proyectos, responsabilidades y sueños.
Sin embargo, todavía persisten miradas que cuestionan aquello que no comprenden. Miradas que opinan sobre la vida ajena sin detenerse a observar la bondad, el compromiso o la felicidad de quienes tienen enfrente.
La orientación sexual no se contagia ni debe convertirse en motivo de señalamiento. El amor se vive, se construye y se elige con el corazón.
Las personas felices no molestan a los demás. Viven, trabajan, construyen, disfrutan y buscan su lugar en el mundo, como cualquier otra persona.
Por eso, antes de juzgar, señalar o hablar sobre la vida de otros, tal vez sea necesario mirar hacia adentro y preguntarnos cuánto de nuestras críticas nace realmente del otro y cuánto proviene de nuestros propios miedos e inseguridades.
A quince años de la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, la historia de de esta unión sigue siendo parte de la memoria de Iguazú. No solamente por haber sido pioneros en ejercer un derecho que hoy parece natural, sino porque representan algo mucho más profundo: la libertad de amar, de elegir y de construir un proyecto de vida con igualdad, dignidad y respeto.

