Iguazú (LaVozDeCataratas) Cada 15 de julio, se recuerda el nacimiento de Enrique «Poilo» Miranda, uno de los guardaparques más destacados en la historia del Parque Nacional Iguazú, un hombre que hizo de la conservación de la selva una forma de vida y cuya huella continúa presente entre quienes hoy defienden el patrimonio natural de la región.
Nacido en 1931 en Puerto Bemberg, era hijo de Marcelino Miranda y Loreta Benítez. Llegó siendo niño a Puerto Iguazú junto a su familia y, años más tarde, encontró el camino que marcaría su destino. En 1951 ingresó al Parque Nacional Iguazú como baquiano, iniciando una carrera que se extendería durante 41 años, hasta su jubilación voluntaria en 1992.

Su compromiso, conocimiento del monte y vocación lo llevaron a convertirse en uno de los referentes de la institución, dedicando más de cuatro décadas a custodiar y proteger uno de los ambientes naturales más importantes del país.
Junto a su esposa, Deolinda Pires, de nacionalidad brasileña, formó una familia con sus hijos Ofelia, Luis Enrique, Marcelino y Emma, quienes crecieron en los distintos destacamentos del Parque Nacional, en una época en la que los guardaparques vivían con sus familias en plena selva.
En diálogo con LaVozDeCataratas, su hija Emma Miranda recordó a su padre como «su gran maestro», un hombre que enseñaba más con el ejemplo que con las palabras.
«Tuvo una infancia muy humilde. Entró al Parque como baquiano y llegó al máximo escalón dentro de la institución. Era una persona trabajadora, perseverante, con mucha fe, sabiduría y una honradez que lo acompañó toda su vida.»
Emma recordó que la vida en el Parque no era sencilla. La familia dependía del esfuerzo cotidiano y Poilo siempre encontraba la manera de salir adelante.
«Pedía permiso para hacer una pequeña chacra, plantar porotos, maíz, mandioca, tener una huerta y criar gallinas. Nunca sobraba el dinero, pero siempre nos enseñó que con trabajo y esfuerzo se podía salir adelante.»
Durante su carrera también enfrentó momentos profundamente dolorosos. Uno de ellos fue la muerte de su compañero, el guardaparque Bernabé Méndez, un episodio que marcó para siempre su vida profesional.
Años después, otro hecho quedó grabado en la memoria familiar: el rescate de una joven pareja que se había arrojado a las Cataratas del Iguazú.
«Fue una de las pocas veces que lo vi realmente triste. Esa situación lo golpeó mucho», recordó Emma.
Entre las anécdotas que conserva de su infancia también aparece un recuerdo singular: la filmación de una película protagonizada por Isabel Sarli en las Cataratas, donde el caballo utilizado por la actriz permanecía bajo el cuidado de su padre.
Sin embargo, ninguna experiencia lo hacía tan feliz como internarse en el monte.
«Conocía cada árbol, cada sendero y cada sonido. Con el olor del viento sabía si iba a llover o si había algún animal cerca. Nos enseñó a respetar la naturaleza, a no tirar basura y a no alimentar a los animales. Su vida era cuidar el Parque.»
Su conocimiento era tan reconocido que recibió propuestas para desempeñarse en otras áreas protegidas e incluso fuera del país, pero jamás quiso abandonar Iguazú.
«Su lugar estaba acá, protegiendo esta selva que tanto amaba.»
A lo largo de su trayectoria fue distinguido con la Medalla de Plata, la Medalla de Oro y numerosos reconocimientos por su labor en defensa del patrimonio natural.
Su legado trascendió su carrera y hoy permanece vivo en el Parque Natural Municipal Enrique «Poilo» Miranda, ubicado en la Reserva de las 2.000 Hectáreas, un espacio que lleva su nombre como homenaje a quien dedicó gran parte de su vida a preservar la selva misionera.
Enrique «Poilo» Miranda falleció a los 72 años, pero su historia continúa inspirando a nuevas generaciones de guardaparques y amantes de la naturaleza. Para su familia, su mayor herencia no fueron las medallas ni los reconocimientos, sino haber enseñado que cuidar el ambiente es una forma de amar la tierra donde uno eligió vivir.


