Iguazú (LaVozDeCataratas-Kelly Ferreyra) Hace 37 años llegué a Iguazú con una bolsa de jean que había cosido yo misma, algunas cosas adentro y muchísimos sueños. Y mirá que elegí un momento para llegar: justo cuando todo se venía abajo. El auge comercial empezaba a terminarse, el centro era una gran feria a cielo abierto donde se vendía de todo en la calle y después vino la malaria.
Locales que cerraban, gente que se iba, familias que tenían que empezar de nuevo. Y ahí conocí algo que, con los años, entendí que forma parte del ADN de esta ciudad: Iguazú siempre se las rebusca. Pasaron los bicicleteros, los motoqueros, los paseros, los que traían, los que llevaban, los que vendían esto y aquello. Cambiaron las épocas, cambiaron los negocios y cambiaron las oportunidades, pero Iguazú siguió adelante. Rebuscándose.
Para mí esa es la palabra. Porque siempre digo que en Iguazú no trabaja el que no quiere. Y sé que alguno va a saltar cuando lea esto, pero después de 37 años acá me permito decirlo: en esta ciudad hay muchísimo para hacer. Hay que buscar, inventar, moverse, animarse, empezar con poco si hace falta. Esta ciudad está llena de historias de personas que hicieron exactamente eso.
Hoy muchos me preguntan por qué no me voy. “Yo que vos estaría viviendo en otro lado”, “yo que vos dejaría Iguazú”, “acá no hay nada”. Y mi respuesta siempre es la misma: yo amo Iguazú. Podría vivir en otro lugar, sí. Tengo la enorme suerte de poder viajar, conocer países, ciudades y destinos maravillosos. Disfruto hacerlo, pero después quiero volver. Quiero respirar este aire. Quiero caminar tranquila por la calle, encontrarme con alguien, saludar, reírme, escuchar un “Kelly, te tengo que contar algo” y terminar conociendo una historia que quizás después se convierta en noticia.
Quiero seguir contando lo que nos pasa, porque en Iguazú pasan cosas maravillosas y otras que no lo son tanto. También amo esta ciudad cuando digo lo que nos falta, lo que nos duele, lo que sufrimos y lo que nos molesta. Porque querer un lugar no significa mirar para otro lado. Todo lo contrario. ¿Cambió Iguazú desde que llegué? Claro que cambió. ¡Y cuánto! Pero también podría haber cambiado muchísimo más. Y ahí aparece algo que digo siempre y que probablemente a algunos no les guste: tenemos que terminar un poco con la quejadera. Quejarse es facilísimo. Sentarse en la vereda, mirar lo que hace el otro, criticar durante 24 horas y explicar cómo deberían hacerse las cosas es casi un deporte local.
El problema es que la crítica sola no construye una ciudad. Para cambiar algo hay que levantarse, trabajar, participar, comprometerse y también hacerse cargo. No podemos esperar eternamente que todo venga de arriba. El cambio empieza por cada uno de nosotros y se vuelve mucho más difícil cuando cada uno está ocupado solamente en cuidar su quintita. Ese también fue uno de nuestros grandes problemas durante muchos años: pedir favores en lugar de construir soluciones. Y los favores se pagan. Así terminamos debiendo silencios, agradecimientos o lealtades por cosas que quizás tendríamos que haber conseguido como comunidad, sin deberle nada a nadie.
Tenemos una ciudad increíble y todavía no terminamos de dimensionar todo lo que podríamos hacer con ella si alguna vez tiráramos todos un poquito para el mismo lado. Porque Iguazú no es solamente Cataratas. Somos nosotros. El vecino que abre temprano su negocio, el que trabaja con turistas, el que vende, el que limpia, el que enseña, el que emprende, el que maneja un taxi, el que atiende un hotel, el que se levanta antes de que salga el sol y vuelve cuando ya oscureció. Somos los que nacieron acá y los que llegamos un día sin saber demasiado bien qué nos esperaba y terminamos echando raíces.
Yo llegué hace 37 años con aquella bolsa de jean cosida por mí y muchos sueños. Y esta tierra me permitió construir una vida, criar a mis hijos, trabajar, equivocarme mil veces, volver a empezar otras tantas y cumplir sueños que aquella mujer que llegó entonces probablemente ni siquiera imaginaba.
Por eso, en los 125 años de Iguazú, no quiero quedarme solamente con lo que falta. Hoy quiero agradecer. Agradecer este verde que a veces, de tan cotidiano, dejamos de mirar. Nuestra tierra roja, la selva, las plantas, los animales, la lluvia, el calor insoportable que también es tan nuestro, nuestra frontera, nuestras costumbres y esa tranquilidad que todavía podemos disfrutar y que vale muchísimo más de lo que creemos.
Agradecer a la gente, a las historias, a los encuentros y también a los desencuentros, porque todo eso hizo de Iguazú mi casa. Nos falta mucho, claro que sí. Pero justamente porque falta mucho todavía tenemos muchísimo por hacer. Y mientras tenga ganas de levantarme, trabajar, contar historias, discutir lo que está mal, celebrar lo que hacemos bien y respirar este aire que cada mañana vuelve a llenarme de ilusiones, voy a seguir eligiendo estar acá.
Si pudiera volver 37 años atrás, agarrar aquella bolsa de jean y elegir nuevamente dónde empezar, probablemente haría exactamente lo mismo. Gracias, Iguazú, por todo lo que me diste, por todo lo que me dejaste construir y también por todo lo que todavía me falta soñar.
Feliz 125 años a mi lugarcito en el mundo.
*Kelly Ferreyra, periodista. Directora de LaVozDeCataratas
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