Iguazú (LaVozDeCataratas) Hay dolores que no siempre se ven. Una persona puede estudiar, trabajar, compartir una casa con su familia y, sin embargo, atravesar por dentro una crisis que quienes están a su alrededor desconocen o no alcanzan a dimensionar.
En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora cada 10 de septiembre, Monica, una joven de 21 años, decidió hablar con LaVozDeCataratas sobre una etapa de su vida marcada por la depresión, el aislamiento y pensamientos suicidas. Su historia, sin embargo, no termina allí: hoy habla de proyectos, de formar una familia y, sobre todo, de poder decirle a otro joven que existe una salida.
“Yo sufría con depresión desde los 12 años. Veía la vida como algo que no tenía sentido y pensaba que nunca iba a poder superar lo que me estaba pasando”, relató.
Monica recuerda que parte de ese sufrimiento comenzó muy temprano. Los conflictos que atravesaba en su entorno, la inseguridad que sentía respecto de su cuerpo y las situaciones de bullying y exclusión en la escuela fueron profundizando su aislamiento.
“Desde muy chiquita era muy excluida en el colegio, también de las amistades. Al recibir ese desprecio, me aislaba, no contaba lo que me pasaba, no hablaba. Intente dos veces quitarme la vida ”, recordó.
Con el tiempo, incluso abandonó sus estudios. Ir a la escuela significaba regresar a un lugar en el que no se sentía cómoda ni integrada. La falta de ánimo terminó alejándola de las aulas.
Su relato muestra también una dificultad frecuente cuando alguien intenta expresar un sufrimiento emocional: sentir que aquello que le pasa es minimizado.
Monica contó que intentaba hablar con su familia, pero sentía que no lograban comprender la dimensión de lo que estaba atravesando. Desde afuera parecía tener una vida estable; por dentro, la realidad era muy diferente.
Cuando alguien escucha sin juzgar
El cambio comenzó cuando encontró un espacio donde pudo hablar de aquello que durante tanto tiempo había guardado. Monica se acercó al Proyecto Help, donde participó de encuentros y charlas y tuvo contacto con profesionales.
Pero al recordar aquella experiencia, no pone el acento solamente en las actividades. Habla de algo mucho más sencillo y, a la vez, fundamental: sentirse escuchada sin ser juzgada.
“El proyecto no me juzgó, no minimizó mi problema, no me excluyó. Me abrazó”, expresó.
Ese acompañamiento le permitió comenzar a mirar su situación desde otro lugar y comprender que aquello que durante años había considerado imposible de superar podía ser abordado y que pedir ayuda era una alternativa.
Volver a imaginar el futuro
Tal vez uno de los cambios más importantes aparezca cuando Monica habla del mañana.
Durante mucho tiempo no podía imaginarlo. Hoy, a los 21 años, nuevamente tiene proyectos personales. Piensa en retomar sueños que había dejado de lado, formar algún día una familia y construir su propio camino.
Pero hay uno que aparece con especial fuerza: acercarse a quienes estén atravesando algo parecido.
“Mi mayor sueño es poder llegar a aquel joven, a aquella persona que está pasando por lo mismo que yo pasé y decirle que hay una salida, que se puede buscar ayuda”, contó.
Su testimonio deja una enseñanza que trasciende cualquier institución: cuando un joven cambia su comportamiento, se aísla, pierde interés por aquello que antes disfrutaba o expresa que ya nada tiene sentido, no conviene minimizarlo. Escuchar también es una forma de acompañar.
Y para quien hoy esté atravesando una situación semejante a la que Monica describe, su historia deja otra idea: no es necesario enfrentarla en silencio. Hablar con una persona de confianza y buscar acompañamiento profesional puede ser el comienzo de un camino diferente.
Porque quizás el mensaje más importante de su historia sea justamente ese: cuando alguien siente que no encuentra una salida, todavía puede pedir ayuda para encontrarla.

