Vanina Bogarín, la “profe copada”: enseñar con arte, alegría y del lado de los alumnos

En el Día del Profesor, LaVozDeCataratas eligió homenajear a los docentes de Iguazú a través de una de esas profesoras que difícilmente pasan inadvertidas en los pasillos de una escuela. Vanina Bogarín es profesora de Arte de la Normal N°8, lleva 15 años en la docencia y sus alumnos la bautizaron, simplemente, “la profe copada”. Cercana, comprometida y siempre rodeada de estudiantes, entiende la educación como conocimiento, pero también como escucha, afecto y defensa de derechos.

Iguazú (LaVozDeCataratas – Kelly Ferreyra) En los pasillos de la Normal N°8 puede pasar que, a primera vista, alguien confunda a Vanina Bogarín con una estudiante más. Quizás sea por su manera de vestirse, por su inmensa sonrisa o, mucho más probablemente, porque casi siempre está rodeada de alumnos.

Pero Vanina es la profe. La “profe copada”, como la llaman ellos.

Profesora de Arte, comprometida con sus estudiantes y con las causas que considera justas, está a punto de cumplir 15 años en la docencia. En este Día del Profesor, LaVozDeCataratas quiso contar su historia para, a través de ella, homenajear a quienes todos los días entran a las aulas de Iguazú.

   

En muchos ámbitos de mi vida siempre atraviesa con cariño y con amor la llegada de los estudiantes para poder generar confianza. Más allá de impartir conocimiento, el arte expresa cariño, alegría, ternura y genera un intercambio de saberes”, contó en diálogo con LaVozDeCataratas.

Con los años, dice, también fue aprendiendo a ser educadora popular, un aprendizaje que todavía continúa y que modificó su forma de mirar la escuela.

“La educación es un derecho que se defiende en las calles. Por eso siempre trato de defender la escuela pública y llevar adelante esta lucha para que todos los estudiantes puedan tener acceso a una educación pública, gratuita y de calidad”.

Primero, lograr que confíen

Hay algo que Vanina repite y que atraviesa toda su manera de enseñar: la confianza. “Creo que para enseñar primero hay que lograr que un chico confíe en vos. Que pueda tener acompañamiento, escucha, que podamos darnos tiempo. Que en los momentos difíciles confíen y podamos ayudarnos entre todos”. Porque para ella la escuela no es únicamente el lugar donde se transmiten conocimientos.

“También es un sostén emocional”. Y después de 15 años frente a cursos, aprendió además otra cosa: los jóvenes no son solamente el futuro, son el presente.

Por eso habla de compartir con ellos desde la alegría, el respeto y, fundamentalmente, la escucha. Y reconoce en esta generación algo que la sorprende: una capacidad mucho mayor para poner en palabras lo que sienten.

Tienen la emocionalidad a flor de piel. Pueden expresar sus sentimientos en palabras, algo que antes muchas veces no hacíamos por miedo o vergüenza. Ahora te dicen si se sienten mal, si están bien”.

Ese vínculo, asegura, también funciona al revés. Hay días en los que la profesora tampoco está bien y puede decírselos. “Ellos entienden y tienen mucha empatía”.

La profe copada también se enoja

Claro que no todo es sonrisa. Y Vanina se ríe de su propio personaje. Porque la “profe copada” también tiene días en los que “se le sale la cadena”.

No todos los días de la docencia son perfectos. Mis estados de ánimo también cambian y les explico cuando ya me están haciendo enojar, que está saliendo mi energía más feroz y que, por favor, ayuden para que vuelva la alegre”.

Esa sinceridad parece ser parte del código que construyó con sus alumnos. No pretende mostrarse perfecta frente a ellos, sino humana.

Y si hay algo que también conocen sus estudiantes es que cuando considera que uno de ellos está siendo tratado injustamente, Vanina aparece.

Lo hizo frente a situaciones vinculadas con el centro de estudiantes, cuando consideró que no se reconocía el talento o la participación de algún joven, y también ante problemas administrativos que podían terminar perjudicándolos.

Me pongo en el papel de ellos y los defiendo”, resume. Lo que duele de ser docente Pero detrás de la vocación hay una realidad que Vanina no romantiza.

Cuando preguntamosqué le duele hoy de la educación, la respuesta fue inmediata: los bajos salarios y la falta de reconocimiento al trabajo docente.

“Pasamos más de ocho horas en la escuela y después seguimos cuatro horas en casa contestando mensajes, acompañando, corrigiendo, sacando promedios. La virtualidad hizo que el trabajo también atravesara las paredes de la escuela”.

Y agregó: “Es una tremenda vocación, es relinda, pero sin salarios dignos uno se desgasta”. Aun así, cuando habla de aquello que le da esperanza, vuelve inevitablemente a sus alumnos.

Me da esperanza esa alegría de los jóvenes por vivir, sin miedo, con rebeldía, queriendo transformar de nuevo”. También sus colegas, las familias y quienes comparten con ella la defensa de una educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Si pudiera encontrarse hoy con aquella Vanina que entró por primera vez a un aula como profesora, le diría algo sencillo: “Que no tenga miedo”. Porque recuerda perfectamente el vértigo de aquellos primeros años, cuando sentía que tal vez sus conocimientos todavía no alcanzaban.

“Justamente con ellos vas aprendiendo y los desafíos se van superando. Lo poco o mucho que les des, a ellos les queda y para ellos ya es un montón. Siempre con alegría y con afecto, que ese es el camino”. Hoy también comprende de otra manera a sus propios profesores.

“Recordarlos me gratifica, porque ahora entiendo desde este lado la sabiduría que tenían, cada consejo y cada aprendizaje. Ellos dieron todo lo que pudieron”.

La profesora que alguna vez pidió que la acompañaran

Tal vez exista una razón todavía más personal para explicar por qué Vanina está siempre cerca de sus estudiantes. Ella también fue esa alumna.

Yo fui una estudiante activa en mi secundaria y siempre me quejaba de los profes que no me acompañaban, que no seguían mis ideas creativas o mis ideas locas. Y ahora me toca a mí acompañar y seguir las ideas de ellos”.

Ahí, posiblemente, esté la respuesta. Vanina está llegando a la mitad de su carrera docente. Reconoce que después de 15 años el cansancio empieza a sentirse un poco más, pero guarda un deseo para lo que viene. Que sus alumnos sigan recordándola como la recuerdan ahora.

Me gustaría que me recuerden como la profe copada. Por la alegría y por el entusiasmo. Ojalá que con los años eso no se me vaya perdiendo”.

Y quizás “la profe copada” sea mucho más que un apodo. Porque detrás de esa enorme sonrisa hay una docente que eligió escuchar antes de juzgar, acompañar antes de abandonar una idea por imposible y ponerse del lado de sus alumnos cuando cree que necesitan que alguien los defienda.