Puerto Libertad (LaVozDeCataratas) Con la llegada de temperaturas más favorables comienza una nueva etapa para los productores. Puerto Libertad concentra una importante producción de maracuyá en la zona norte de Misiones y la experiencia de Lyda Galeano muestra qué hay detrás de cada cultivo: meses de trabajo, aprendizaje, dificultades para comercializar y una historia familiar que le dio un significado especial al proyecto.

Septiembre llega asociado a la primavera, al mes de los estudiantes y a los primeros días de calor, pero para quienes trabajan la tierra también marca el comienzo de una nueva temporada de plantación. Con menor riesgo de heladas y temperaturas más favorables, comienza el momento de llevar nuevos cultivos al suelo y proyectar las próximas cosechas.
En Puerto Libertad, una de las alternativas que viene ganando espacio es el maracuyá, una fruta que encuentra en las condiciones climáticas del norte de Misiones un ambiente favorable para su desarrollo.
La localidad se destaca por la producción de esta fruta en la zona norte provincial y detrás de esos cultivos aparecen historias de productores que decidieron probar, aprender y apostar por una actividad diferente. Una de ellas es Lyda Galeano, productora de Puerto Libertad, quien comenzó a trabajar con maracuyá en 2024 junto a su hermana Gladys.
Para Lyda significó ingresar a un mundo completamente nuevo. Durante años había trabajado en el área de sistemas y prácticamente tuvo que comenzar desde cero para aprender los tiempos y necesidades de una producción agrícola.
De los sistemas a trabajar la tierra: La experiencia comenzó como un desafío familiar y rápidamente se convirtió también en un proceso de aprendizaje.
El maracuyá (Passiflora edulis) es una planta trepadora originaria de Sudamérica. Su fruto es conocido por su sabor agridulce, aroma intenso y una pulpa con numerosas semillas. Además, contiene vitaminas A y C, fibra y minerales como potasio, fósforo y magnesio.
Pero antes de que esa fruta pueda llegar a una mesa hay meses de trabajo.
Lyda explicó que utilizan plantines certificados provenientes de vivero y que septiembre representa uno de los momentos indicados para trasladarlos al suelo, principalmente porque comienza a disminuir el riesgo de heladas.
A partir de allí empieza otra etapa; La planta necesita acompañamiento durante su crecimiento, formación y poda, además de controles permanentes frente a insectos, enfermedades y variaciones climáticas que pueden afectar el cultivo.
Entre seis y ocho meses para ver los primeros frutos
Desde que los plantines llegan al suelo hasta la cosecha pueden transcurrir aproximadamente entre seis y ocho meses.
Si las condiciones acompañan, los primeros frutos de una plantación realizada durante septiembre pueden comenzar a aparecer entre marzo y mayo.
Ese tiempo permite dimensionar algo que Lyda asegura haber aprendido desde que comenzó a producir: el verdadero trabajo que existe detrás de cada fruta que finalmente compra un consumidor.
Hay preparación del terreno, inversión, cuidados, seguimiento y meses en los que todavía no existe una cosecha que pueda comercializarse. Y una vez que aparece el fruto comienza otro desafío.
Producir es una parte; vender, otra: La experiencia permitió también encontrarse con una de las dificultades habituales de las producciones locales: conseguir mercado para colocar lo cosechado y obtener un precio que acompañe el esfuerzo realizado.
El proyecto buscó comercializar maracuyá en Puerto Libertad y localidades cercanas como Wanda, Puerto Esperanza e Iguazú.
En ese recorrido aparecieron dificultades relacionadas con la demanda y los precios, demostrando que el desafío productivo no termina cuando se logra una buena cosecha.
Para los pequeños productores, encontrar compradores y generar nuevos canales de comercialización puede ser tan importante como conseguir que la planta produzca.
En una zona atravesada por el turismo y con un importante movimiento gastronómico, el maracuyá también abre posibilidades para jugos, postres, coctelería, gastronomía y productos elaborados, ampliando las alternativas para una fruta que puede producirse a pocos kilómetros de los principales centros urbanos del norte misionero.

Una producción que terminó convirtiéndose en un recuerdo familiar
Sin embargo, cuando Lyda habla de su experiencia con el maracuyá, los números y la producción dejan lugar a una historia mucho más personal.
El proyecto fue compartido con su hermana Gladys, su mamá y su papá.
Trabajar juntos, aprender y atravesar las distintas etapas del cultivo convirtió la experiencia en algo que terminó trascendiendo el objetivo productivo.
Lyda pudo compartir ese proyecto y trabajar junto a su padre antes de su partida. Por eso, hoy cada recuerdo de aquella experiencia también guarda algo de esos días en familia.
Lo que comenzó como la decisión de probar una nueva producción terminó enseñándole sobre la tierra, los tiempos de una planta y el esfuerzo que existe detrás de aquello que muchas veces simplemente vemos acomodado en una verdulería.
Pero también dejó algo imposible de medir en kilos o precios: el recuerdo de haber trabajado en familia. Septiembre vuelve a abrir ahora una nueva temporada. Es tiempo de preparar la tierra, plantar y esperar.
Porque en el campo cada plantín es también una apuesta al futuro. Y algunas cosechas, además de frutos, terminan dejando historias.

